La llegada de Siete mesas de billar francés, de Gracia Querejeta, a las salas de cine se esperaba con gran expectación después de su proyección en el pasado Festival de Cine de San Sebastián, donde ha cosechado los premios a la mejor interpretación femenina (Blanca Portillo) y al mejor guión, que ha compartido con lo último de John Sayles, Honeydripper.
La directora de Héctor o Cuando vuelvas a mi lado desarrolló durante 10 meses junto a Planell el guión, cuya esencia se le ocurrió en un viaje de tren. Narra la historia de Ángela (Maribel Verdú), que viaja a Madrid acompañada de su hijo Guille (Víctor Valdivia) ante la repentina enfermedad de su padre. Cuando llegan, Leo acaba de morir y Charo (Portillo), amante del difunto, les pondrá al corriente del ruinoso negocio familiar: un local de billares que conoció mejores tiempos.
Duelo de actrices
El motor de Siete mesas de billar francés gira en torno al duelo interpretativo que sostienen Portillo y Verdú. Ambas actrices consiguen ese tipo de química actoral que sólo se consigue por medio de infinita la complicidad mutua y la rendida admiración al trabajo del otro, que les motivó para superarse.
Dan vida a dos mujeres completamente distintas a las que no le queda más remedio que entenderse ante la crisis emocional y química que sufren. Querejeta, que reconoce que escribió el papel de Charo pensando expresamente en Portillo, pudo disfrutar de hasta un mes de ensayo previo al rodaje en el que se trabajó a fuego el guión, algo que dista mucho de ser común en el cine europeo.
Ellas y ellos
Pero Siete mesas de billar francés no es una película "femenina". Alrededor de Charo y Ángela orbitan una serie de personajes como Antonio (un gran Jesús Castejón) o El tuerto (Enrique Villén) que permiten el desarrollo de una serie de subtramas que van enriqueciendo la historia. Después de un primer tramo de metraje centrado en ambas mujeres y marcado por el peso de la angustia y la nostalgia, la cinta se va poblando de personajes y haciéndose cada vez más coral, divertida y completa.
Siete mesas de billar francés no supone una ruptura de los ejes temáticos que Querejeta ya había explorado en películas anteriores. La directora sigue retratando a personajes de carne y hueso enfrentados a vicisitudes vitales que resultan muy cercanas al espectador. En todo caso, en su última película esparce unas gotas de humor e ironía en situaciones y diálogos que le permiten sortear el arenoso terreno del melodrama.
El billar al que alude el título no está en primer plano en casi ningún momento del metraje. Más bien opera como metáfora de las carambolas del azar que sufren los protagonistas del filme. Querejeta prefiere cerrar los diferentes arcos argumentales que cruzan la historia que recrearse en la excusa argumental (la creación de un equipo de billar cuyo éxito sirva para atraer gente al local).

