27 de Junio de 2008 | Pedro Calleja
Vicenta N'Dongo, actriz de cine con airbag barcelonés que ahora está haciendo teatro en Madrid travestida de mozalbete shakespeariano, me comentaba hace unos días que aquí casi nadie sabe caminar encima de una alfombra roja. Pocas actrices y casi ningún actor de la industria audiovisual española se siente lo suficientemente estrella en la vida real como para pavonearse delante de las cámaras y los curiosos con el empaque de, digamos, una Sharon Stone o un George Clooney. No le falta razón.
Aquí se sigue llevando mucho eso tan caducado de la autenticidad. Un artista tiene que ser auténtico para que lo respeten. Por desgracia, auténtico significa, con frecuencia, aburrido, corriente y ordinario: tres adjetivos que no cuadran demasiado bien con el concepto de famosete. No hay nada más patético que un actor o una actriz de primera fila que se haga pasar por persona normal. "No, si yo soy como tú". ¡¿Pero qué dices?!
Una estrella tiene que ser estrella hasta en el cuarto de baño (sobre todo en el cuarto de baño). Hay que ser divina por la mañana en la panadería, por la tarde en la rueda de prensa y por la noche en el preestreno. Las alfombras rojas son el territorio exclusivo de las estrellas. Su hábitat natural. En el pasado Festival de Cannes, Paz Vega tuvo que disfrazarse de Dita Von Teese para no ser engullida por el mágico tapiz gabacho.
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Pedro Calleja
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