26 de Octubre de 2007 | Pedro Calleja
Nací en Halloween. La semana que viene, celebraré mi cumpleaños en una sala repleta de energúmenos vociferantes.
Es una de las mejores formas de hacerlo. Frente a una pantalla manchada de sangre, rodeado de cinéfagos con ganas de juerga, gritando ordinarieces a los protagonistas de la película y pataleando en el respaldo del colega que se me ponga delante.
Puro y bruto cine de barrio en vivo y en directo. Este acto psicomágico tendrá lugar en el Teatro Principal de San Sebastián, sede central de la Semana de Cine Fantástico y de Terror, uno de los pocos festivales que todavía fomentan la participación colectiva de los espectadores sin prejuicios.
Recuerdo otros eventos similares: el mítico Festival du Cinéma Fantastique de París, organizado por la revista L'Écran Fantastique a mediados de los 80, en la sala del Grand Rex, con más de 1.300 butacas ocupadas por fans fatales de Sam Raimi que se divertían lanzando aviones de papel contra la pantalla y leyendo los subtítulos en francés de Evil Dead 2 a voz en grito. Yo estuve allí.
O el de Sitges, en su época dorada, a principios de los 90, con Quentin Tarantino llorando de risa durante la sesión especial dedicada a Gamera, la tortuga gigante, con todo el respetable puesto en pie cantando una canción en japonés macarrónico. Como diría Rutger Hauer: "He visto cosas que vosotros no creeríais". Y cuando desaparezcan los cines, "todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia". Snif.
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Pedro Calleja
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