30 de Noviembre de 2007 | Pedro Calleja
Me gustan los dibujos animados. Creo que incluso más ahora que cuando era pequeño. Hay momentos en mi vida de cinéfago en los que he llegado a pensar que la animación ha alcanzado un estado evolutivo superior al del cine convencional. Me pasa, sobre todo, después de ver una película de Satoshi Kon o una made in Pixar.
Entre los diez largometrajes que más me han emocionado en lo que llevamos de milenio figuran cuatro títulos animados: Monstruos, S.A., El viaje de Chihiro, Tokyo Godfathers y La novia cadáver. Ahora mismo, cuando todavía no me he repuesto de ver, en el pasado Festival de Sitges, la increíble producción coreana Tekkon Kinkreet, no tengo reparos en afirmar que el mejor estreno de la cartelera española es, sin duda alguna, Persépolis.
Lo que no soporto es el cine de imagen real con retoques digitales. Odio esa textura blandengue, medio desenfocada y supuestamente hiperrealista que exhiben películas recientes como Beowulf o Stardust. Me entran retortijones cada vez que rememoro las acrobacias de Spider-Man, Los 4 Fantásticos o Mortadelo y Filemón. Para mí, el toquecito digital es comparable a la cirujía estética: produce monstruos.
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Pedro Calleja
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