09 de Noviembre de 2007 | Pedro Calleja
Me fascina el cine francés contemporáneo. Cierto cine francés, al menos. En concreto, el de autor y el de género.
Flipo con la capacidad de adaptación de los viejos maestros: Chabrol, Rohmer, Resnais. Ruedan sin parar. Estrenan. Seducen a miles de espectadores con propuestas arriesgadas, inteligentes, vanguardistas, baratas, pedantes.
También alucino con los cineastas más jóvenes. Sobre todo, con los que apuestan por lo políticamente incorrecto: la violencia extrema, el sexo crudo, el compromiso ideológico, el virtuosismo técnico, el envoltorio sensacionalista. Christophe Gans, Alexandre Aja, François Ozon, Mathieu Kassovitz, Xavier Gens. Se lo cuento a un amigo gabacho y se ríe de mí en mi cara. Él prefiere consumir cine español con denominación de origen. Me habla del descaro barriobajero, el desmadre erótico y el surrealismo costumbrista de Bigas Luna, Almodóvar y Aranda. Se enciende describiendo el universo poético de Medem y la contundencia tragicómica de Álex de la Iglesia y Santiago Segura. Babea de gusto rememorando los sustos de Balagueró, Amenábar o Bayona.
A mí me pone lo suyo y a él lo mío. Mi película favorita de los últimos años es Irreversible, de Gaspar Nöé; la suya, Tras el cristal, de Agustí Villaronga. Qué curioso. Qué divertido. Qué significativo. Europa sin fronteras.
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Pedro Calleja
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