28 de Septiembre de 2007 | Elena Cabrera
Benicàssim, Angulema, Venecia, Sitges. Las ciudades que acogen festivales son como ese anfitrión que un día invita a medio pueblo a un baile de máscaras por Halloween. Acuden casi todos, pero se habla más de los que no vinieron. Se critica mucho, arropados por el antifaz. Se observa a propios y extraños con descaro. Se establecen nuevos lazos. Transcurre la noche con el interrogante, eterno, de si aquel era el lugar adecuado o hubiera sido mejor la casa de Lord Winchester, que vive en las montañas y se puede hacer ruido, o la de Lady Benegham, que está justo en el centro y tan bien comunicada.
El primer día de Hay Festival me ha dejado agujetas. Señores, no sabía yo que Segovia tenía tantas escaleras. Abordo el día de mañana con cierta preocupación sobre a qué asistir y a qué no. Desde luego, este evento es fiel a su nombre: Festival, dícese de aquel acontecimiento que ocurre en diversas ubicaciones simultáneamente, produciendo la angustia de los llamados festivaleros.
Si lo hubieran llamado Encuentros hubieran errado pues el asunto es más bien de desencuentros. Una media de tres charlas suceden al mismo tiempo en ubicaciones muy dispares. De esta manera, el que quiera ver al historiador Paul Preston se perderá al editor Jorge Herralde. Los que quieran saber sobre sufismo y literatura, se quedarán sin los retratos sobre escritores españoles de 1898 a 1927.
El esperado encuentro que revive el proyecto Bogotá 39 coincide con la conferencia de Samih al-Qasim (que promete hablarnos de creación literaria y lo políticamente incorrecto, muy interesante si mantiene su palabra) y con la conversación entre Andrés Tapiello y Malcolm Otero Barral.
Señores de la organización, hoy he descubierto que Segovia es una ciudad hermosa que merece la pena patear, pero no estoy segura de que la obligación de recorrerla para asistir a los actos que una buenamente elige sea una bendición en lugar de un castigo.
Tampoco me ha quedado claro si nuestros huéspedes, los segovianos, tienen muy claro qué está ocurriendo aquí. Unas señoras desplegaron sus perfúmenes y joyas en la mesa contigua a la mía, mientras tomaban café. Hablaban de ecos de sociedad local, cuando una de ellas alzó la voz, sin duda la más enterada, cabecilla de la banda, para aclararles "que hoy era el Gay Festival". Espero que disfrutaran, con alegría, de los fuegos artificiales que los guardianes de la palabra han lanzado esta noche desde los Altos de la Piedad.
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Hay Festival
Todo empezó con una partida de póquer en 1987. Peter Florence ganó y decidió invertir su dinero en hacer un festival en el pueblo galés de Hay-on-Wye. 20 años después, el Hay ha llegado a Segovia
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