26 de Marzo de 2009 | Begoña Gómez
La crisis ha servido, entre otras cosas, para destapar un tabú histórico en Estados Unidos. Un alto número de ciudadanos estadounidenses ha descubierto, así de golpe, que existen clases sociales. Para una sociedad basada en la creencia casi religiosa en el ascensor social, esto es el equivalente a descubrir que las monedas que aparecen debajo de la almohada cuando se te cae un diente no las deja un ratón apellidado Pérez.
Las imágenes de manifestantes anti-avaricia bloqueando los blancos porches (más Wisteria Lane que John Cheever) de los altos cargos de AIG constatan algo que en Europa nunca nos ha dado tiempo de olvidar: que los hay que nacen más iguales que otros.

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En previsión de lo que pueda pasar, la Cámara de Comercio británica ha aconsejado a los banqueros de la City que se abstengan de vestirse de sí mismos a partir del 2 de abril, cuando se celebre la cumbre del G20 en Londres y la ciudad se llene de antisistemas presumiblemente enemigos del pin stripe suite, el traje de solapa ancha y raya fina que distingue a los jóvenes escualos de las finanzas. El consejo puede llevar a un desbarajuste estético de alcance insospechado en un país en el que hasta los profesores de Primaria deben llevar traje y corbata, no por mantener el orden, sino por temor a lo que se pondrían si se les dejase vestir a su libre albedrío.
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Begoña Gómez
Begoña Gómez (Tarragona, 1980) vive en Barcelona, donde ha trabajado en el diario El Mundo y en ADN desde su fundación. Allí escribe la columna de la contraportada todos los martes y contribuye a las secciones de Cultura y Weekend!. Además, ha colaborado en el programa Silenci! de la televisión catalana y con revistas como Woman, Vanidad, Fotogramas o Cinemanía.
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