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ADN.es / Política

Sábado, 21 de noviembre de 2009. Actualizado a las 09:33h | : el tiempo en

12 de Noviembre de 2008 | David Beriain

Así se fraguó el ataque contra los españoles (III): Suicidas a mil euros

Soldados españoles vigilan desde las alturas que rodean la base de Qali-e-Naw, en Afganistán.

Soldados españoles vigilan desde las alturas que rodean la base de Qali-e-Naw, en Afganistán.

EFE

Nangajaly Khan fue el ideólogo del ataque que mató a dos soldados españoles el domingo, pero no fue quien lo ejecutó. Esa responsabilidad cayó en el mulá Fateh Mohamed, uno de sus lugartenientes, un mando insurgente prácticamente desconocido hasta ahora entre los servicios de inteligencia. Él fue quien dio la orden final y, seguramente, quien reclutó al suicida.

Llegamos a él a través de Qari Yusuf Ahmadi, el portavoz nacional de los talibanes, el hombre encargado de ponerse en contacto con los periodistas para reivindicar el ataque. No tardó ni tres horas en hacerlo. A las tres horas y media del ataque, ya había un comunicado colgado en una página web. Eso sí, plagado de errores respecto a la identidad de las víctimas y a su cantidad. Creyeron que eran soldados norteamericanos, quizás porque, según han publicado algunos medios, en el convoy viajaban dos vehículos de Estados Unidos.

Pero el hecho de que la propaganda talibán se moviera tan rápido refleja un grado de coordinación que no se veía antes. Cuándo le preguntamos a Qari Yusuf quién había sido el coordinador de la acción dio el nombre de Fateh Mohamed y su número de teléfono.

Lo llamamos a través de uno de los colaboradores afganos de ADN.es. Su móvil sonó varias veces antes de que una voz al otro lado contestara. No dudó en aceptar la responsabilidad del ataque. Habían pasado unas cinco horas del ataque. Seguía sin saber que las víctimas habían sido españolas. “Italianas, americanas. Nos da igual. Son todos extranjeros. Luchamos contra ellos, los matamos, hacemos la yihad hasta el fin de nuestros días”.

Dio detalles, sobre todo del suicida. “No, no tenía 23 años como han dicho. Tenía 18. Se llamaba Habibullah, mulá Habibullah. Era de Zerkhu Shindand”, dijo. Él también es de allí, igual que Nangjalay Khan. El triángulo se cierra.

Nos costó una hora más de llamadas confirmar que Fateh Mohamed era quien decía ser. Su nombre no sonaba entre los contingentes ni entre los responsables de seguirle la pista a la estructura de los talibanes. “Puede ser un seudónimo”, apuntaban algunos. No lo era. Simplemente este talibán, cuyo padre es también un miembro destacado de la insurgencia, no había mostrado un perfil muy público hasta ahora.

Unas cuantas llamadas más a antiguos miembros de los talibanes, mandos policiales afganos, periodistas y algún otro insurgente, terminaron por ubicar a Fateh Mohamed en la estructura de los talibanes de Shindand. Un comandante de segunda a las órdenes del veinteañero Nangjalay. Uno de varios. Quizás por debajo del cerebro militar de Nangjalay, Akhtar Mohamed, el hombre que se sentó junto a él cuando los conocimos el año pasado.

El reclutador

Al parecer fue Fateh Mohamed quien reclutó a Habibullah. No le debió costar mucho. Zerkhu y todo Shindand son tierra fértil en suicidas. Ferishta Sedeqi, directora de HRPA, una de las pocas ONG afganas que se atreven a trabajar en Shindand, nos contó durante nuestro viaje que allí los talibanes reclutan kamikazes con una facilidad pasmosa.

“Una vez nos sentamos con los notables de una aldea y nos contaron que los talibanes ofrecían unos 1.500 euros por suicida. La gente nos dijo que ahora mismo no había trabajo y la sequía había acabado con la cosecha. Son pobres y no tienen qué comer. Puedes hacer tú el ataque y así proporcionarle comida a tu familia. Tú mueres, pero tu familia está tranquila”, dijo.

Quizás fue el dinero, quizás el adoctrinamiento o quizás la convicción y el sentido de venganza. Para cuando Habibullah tomó la decisión de morir matando, los bombardeos norteamericanos se habían cobrado en Shindand casi 200 vidas de civiles. En poco más de un año. Esa fue razón suficiente para otros. En uno de los vídeos que nos hicieron llegar los talibanes, el mulá Mohamed, de 17 años, explica que se va a suicidar en represalia por esas matanzas.

El momento de morir y matar

A partir de ahí sólo hubo que armar el coche bomba y esperar el momento propicio. Treinta kilos de TNT, cuatro proyectiles explosivos, 150 kilos de metralla. “Suficientes para destruir un carro de combate”, dijo una fuente de la investigación. Y el BMR no era un carro de combate, sino un vehículo mucho más ligero.

Habibullah se apostó en la cuneta y esperó el paso del convoy. Lo vio llegar de frente. Arrancó a su paso y trató de embestirlo. Su precipitación, los sistemas de inhibición o la suerte hicieron que la carga estallara a unos cinco metros del blindado. Eso fue suficiente para matar a Rubén Alonso Ríos y Andrés Suárez García, pero salvó a los demás.

A una distancia prudencial, los hombres encargados de asegurarse que Habibullah hacía su trabajo grababan su ataque con sus teléfonos móviles y una pequeña cámara.

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