11 de Noviembre de 2008 | David Beriain

Conocí al hombre que ordenó el ataque suicida contra los españoles una mañana de mayo del año pasado. Fue en una casa segura, en medio de un campo de opio, a cubierto de los aviones norteamericanos que hacía pocas horas habían sembrado aquella aldea del valle de Zerkhu Shindand de bombas. Había sido una masacre.135 muertos, más 70 de ellos civiles. Nangjalay Khan apenas dijo nada en aquella reunión.
No habíamos ido a verle a él, sino a Akhtar Mohamed, el hombre que Estados Unidos había querido cazar cuando lanzó aquel ataque devastador que se prolongó durante dos días y que había dejado cráteres de cinco metros de profundidad entre las casas de barro de Zerkhu. La visión era demoledora, escuelas agujereadas por los disparos, casas arrasadas y el olor inconfundible de la vida descomponiéndose bajo los escombros allí donde un hombre aseguraba que habían quedado sepultados sus cinco hijos.
Yo entonces era reportero de La Voz de Galicia e intentaba cubrir la que hasta entonces parecía ser la mayor masacre de civiles de la guerra. Justo en el lugar donde pocos meses antes había muerto la soldado gallega Idoia Rodríguez Buján. Quería saber quiénes eran esos hombres por los que EEUU habían desatado semejante ataque.
Los milicianos de Akhtar y de Nangjalay nos habían citado a la entrada del valle. Salieron a nuestro encuentro al borde del río Zerkhu en un todoterreno rojo Toyota. Con los Kalashnikov en la mano nos hicieron bajar de nuestro coche y meternos en el suyo. Lo hicimos, no sin la sensación incómoda de subirse a lo que parecía un objetivo claro para cualquier avión norteamericano.
Atravesamos un par de aldeas entre campos de opio que la policía y el Ejército no osaban arrancar. No llegaban hasta allí. Zerkhu Shindand estaba fuera de su alcance. Aquello era una especie de isla de poder tribal, que guardaba su independencia con el celo de las armas. ¿Territorio talibán? No nos lo pareció entonces. Ni a nosotros ni a la comisión independiente afgana que dictaminó que allí no había talibanes cuando EEUU lanzó el ataque.
Nos metieron en una casa y nos hicieron esperar. Cuando creíamos que no vendría nadie, dos hombres cruzaron la puerta armados. El primero, mayor. Con barba poblada, grueso turbante al estilo pasthún, orejas de soplillo y un reloj de oro en la mano con la que sostenía el fusil. Era Akhtar Mohamed. Le seguía un joven de apenas 20 años, barbilampiño que sostenía otro fusil y llevaba un arnés con cargadores colgado en el pecho. Era Nangjalay Khan.
- ¿Quién es el joven? - pregunté.
- Es el hijo de Amanullah Khan.
Él asintió y me señaló haciendo un comentario.
- ¿Qué ha dicho? - volví a preguntar,
- Que se acuerda de ti. Cuando viniste el año pasado a hablar con su padre, antes de que lo mataran.
La saga de los Khan
Nangjalay estaba en esa reunión por la misma razón en la que ahora se asienta su autoridad, porque era el hijo de Amanullah Khan, el señor de la guerra de Shindand, un hombre al que el destino del contingente español quedó ligado prácticamente desde que se desplegaron en el oeste de Afganistán, hace ya casi cuatro años.
Porque para entender de verdad la historia de lo que ocurrió el domingo en el distrito de Shindand hay que retroceder en el tiempo esos cuatro años y revisar la cadena de errores, masacres, engaños y dinero que aupó a Nangjalay hasta el puesto que hoy ocupa en los talibanes y que hizo de Shindand cayera en manos de los hombres del mulá Omar.
Conocí a Amanullah, el padre de Nangjalay, en el verano del 2005, cuando viajé a Afganistán para cubrir el accidente de los helicópteros Cougar en el que perdieron la vida 17 soldados españoles. Se me había ocurrido preguntarle al coronel de la base de Herat cuáles eran sus principales preocupaciones de seguridad. "La provincia de Farah y Amanullah Khan", me contestó.
Pedí a Mansoor, mi traductor, que me concertara una entrevista con él y allí fui. Me lo encontré en su casa y me invitó a comer. Me contó que estaba cansado de luchar y que sólo pensaba en vivir en paz.
Hacía sólo un año que sus hombres habían desatado una verdadera guerra en Herat animados por Estados Unidos y por el Gobierno de Karzai, que entonces los utilizaron como punta de lanza para desgastar el poder del "virrey" del oeste afgano, el también señor de la guerra Ismael Khan. Los armaron y los mandaron al combate. Amanullah y sus hombres nunca se sintieron bien pagados por aquel trabajo sucio. Y esa deslealtad del Gobierno de Karzai y de los propios norteamericanos traería consecuencias.
Amanullah colaboraba con el Gobierno y se entrevistaba regularmente con los norteamericanos, pero seguía manteniendo su milicia activa y su territorio fuera del control estatal. Sus cultivos de opio eran los únicos que el Gobierno de Herat no se atrevía a tocar. Para los españoles siguió siendo un dolor de cabeza hasta mayo del 2006, entonces todo cambió.
Amanullah fue víctima de un intento de asesinato por parte de un clan rival. Resultó gravemente herido. No quería ir a un hospital afgano porque sospechaba que sus enemigos rematarían el trabajo allí, así que acabó en el hospital de la base de Herat. Los médicos españoles le salvaron la vida.
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Un escudo llamado "Manolo"
El señor de la guerra de Shindand quedó muy agradecido con los españoles y pasó a ser un aliado fundamental en una tierra y en un momento en el que empezaban a evidenciarse la desestabilización del oeste afgano. Amanullah se convirtió en "Manolo" para los españoles.
Manolo cumplía un papel crucial. Al sur, en Farah, los talibanes habían conseguido campar a sus anchas por la provincia ante la ausencia total del Estado. Los insurgentes buscaban entonces expandir su influencia hacia el norte. Y Shindand era el siguiente objetivo, un enclave pasthún en el que anclar su asalto hacia la próspera Herat. Lo conseguirían o no dependiendo de Amanullah. Y él decidió que no.
Hizo valer su influencia entre los talibanes (había sido uno de ellos) para frenar su expansión. Hizo de tapón y de escudo. No es que los españoles se hicieran ilusiones sobre aquel matrimonio de conveniencia. "Amanullah era un hijo de puta, pero era nuestro hijo de puta, era mejor tenerlo de nuestro lado", me comentó entonces un militar español en otra entrevista hecha para La Voz.
El hijo de mi aliado es mi asesino
Entonces, ¿qué llevó al hijo de Amanullah a atacar al contingente que salvó la vida de su padre? ¿Qué lo llevó a traicionar el legado de su padre y convertirse en uno de los principales líderes talibanes del oeste afgano? Pues una cadena de hechos desgraciados y de errores a los que los españoles fueron la mayor parte de las veces ajenos. Quedaron atrapados en el fuego cruzado de la tragedia que se estaba por desencadenar entre los Khan y las tropas norteamericanas que operan en la zona.
Amanullah murió asesinado el 22 de octubre del 2006. Esta vez sus enemigos no fallaron. Su muerte desató una ola de violencia tribal que se cobró casi 50 muertos. Los Khan y su gente estaba convencida que el Gobierno había sido cómplice del asesinato y que los norteamericanos les habían dejado hacer.
La muerte del señor de la guerra creó un vacío de poder que los talibanes supieron llenar. Empezaron a operar en la zona. No es que Shindand se hubiera vuelto talibán, es que sin la influencia de Amanullah y su control les costaba menos llegar hasta allí. Y los españoles fueron los que pagaron la factura.
El primer aviso llegó un mes después del asesinato de Amanullah. Fue el 13 de noviembre de 2006. Un suicida lanzó su Toyota Corolla contra un convoy español en Shindand, cerca de donde se produjo el ataque del domingo. Sólo el estallido prematuro de la carga de explosivos salvó a los soldados. Dos heridos leves.
El 21 de febrero de 2007 no hubo final feliz. Otro convoy que transitaba por la zona fue alcanzado por el estallido de una mina anticarro activada a control remoto. El vehículo que los talibanes escogieron de todo el convoy fue un blindado ambulancia que conducía la soldado Idoia Rodríguez Buján.
A pesar de todo, los norteamericanos siguieron manteniendo reuniones periódicas con los sucesores de Amanullah para tratar la situación de seguridad en la zona. Con su hermano Haji Nasrullah Khan, con su lugarteniente militar Akhtar Mohamed. Nangjalay solía acudir a algunas de esas reuniones.
Pero algo se rompió entre los norteamericanos y los Khan hacia mediados del 2007. Tanto que el mando de EEUU decidió enviar a sus fuerzas especiales a cazar a Akthar Mohamed. Lo que siguió fue la matanza que les contaba al comienzo de este artículo. 130 muertos, 70 de ellos civiles. Akhtar sigue hoy libre. La comisión que investigó la matanza concluyó que los que enfrentaron a los norteamericanos cuando estos lanzaron el asalto eran milicias locales, no talibanes. Según nos dijo el presidente de la comisión, "allí no había talibanes".
El descenso final a los infiernos
A partir de ahí la situación se salió completamente de control. Los talibanes no necesitaron más argumentos para instalarse en Zerkhu y hacer del valle uno de sus principales bastiones en todo el oeste afgano. En el transcurso de un año, Nangjalay se convirtió en su referencia y empezó a cultivar unas relaciones con Irán que lo han convertido a sus veintipocos años en uno de los líderes insurgentes más importantes del oeste afgano.
Algunos miembros de la familia, como Haji Nasrullah todavía hicieron lo posible por mantener ciertas relaciones con el Gobierno, pero Haji murió en un segundo ataque norteamericano lanzado a finales de julio de este año. Él y otras 30 personas más. De alguna manera, los ataques no hicieron más que cimentar la posición de fuerza de Nangjalay.
Hablé con Haji Nasrullah una semana ante de su muerte, por teléfono. Le pregunté por la situación y me dijo que era tensa, que era mejor que no fuera. Le pregunté también, como había hecho unos meses antes, si toda esta historia entre Zerkhu y los norteamericanos podría repercutir en los españoles. "No vienen mucho -respondió-, pero la gente sabe diferenciar entre unos y otros".
En aquel asalto norteamericano en Zerkhu, en el que estuvimos presentes, se encontraron un buen número de armas, minas y material bélico. También se encontró una especie de prisión particular que Nangjalay mantenía en Zerkhu. Pero no se consiguió el control del valle. El Ejército afgano entró allí unos días y luego se celebró una shura, un consejo, para tratar de pacificar la zona. En aquella reunión quedó claro que Zerkhu se declaraba en rebeldía, en guerra.
Por si necesitaban más argumentos, un tercer ataque cerca de allí, en Azizabad, al lado de donde se produjo la muerte de los dos soldados españoles, volvió a causar una masacre en agosto. Los norteamericanos reconocen que mataron allí a 33 civiles. Una investigación del Gobierno afgano, respaldada por otra de la ONU, afirmó que los civiles muertos habían sido 96, incluidos 60 niños y 15 mujeres.
El domingo, los españoles volvieron a quedar atrapados en el fuego cruzado de una historia de venganzas y errores que sólo es suya en una parte muy pequeña. Los talibanes creyeron que eran norteamericanos. Haji Nasrullah se equivocaba. No supieron diferenciar. O les dio igual.
es un blog de ADN.es escrito por:
David Beriain
David Beriain (Artajona, 1977) ha recorrido durante los últimos seis años los principales conflictos del planeta como enviado especial. Afganistán, Colombia, Darfur, Cachemira y otros destinos siguieron a su primera experiencia durante la invasión estadounidense de Irak. Una aventura que le llevó a pasar 10 días en los campamentos de las FARC, a acompañar a guerrilleros sudaneses, a recorrer los bastiones talibanes, a entrevistar a presos de Guantánamo o visitar mercados de armas clandestinos.
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