24 de Octubre de 2008 | David Beriain
Tardamos día y medio en llegar a la zona de la masacre. Queríamos saber qué había pasado de verdad. ¿Civiles muertos? ¿Cuántos? Era más del mediodía cuando entramos en el hospital de Shindand, un mísero centro sanitario sin apenas recursos. En la primera habitación en la que entramos, las moscas se posaban sobre la cara de un niño de apenas seis años que acababa de pisar una mina. Junto a él estaba Jamal Zeid, uno de los heridos en el ataque del domingo.
Los norteamericanos llevaban varias horas atacando Parmakán, mi pueblo. No me atrevía a salir de casa. Estaba aterrado. En un momento de la noche un avión de EE.UU. lanzó una bengala y creí que era la señal para que abandonáramos las casas y pudiéramos huir. Salí corriendo. Y entonces cayó una bomba. La metralla me entró por el pecho. Me dolía pero miré hacia atrás. Mis dos hermanos más pequeños estaban muertos. También mi madre. Y mi esposa. Toda mi familia. Salí corriendo, no volví a por ellos”. Le pregunté si era cierto lo que decían los norteamericanos, que los 136 muertos eran talibanes. “No señor. Allí sólo había gente normal. Algunos se defendieron de los ataques. Yo ni siquiera eso”.
Los médicos confirmaron el relato de Jamal Zeid: “Hemos recibido nueve heridos de los ataques. De ellos tres eran mujeres y cuatro niños. A los muertos ya los han enterrado en sus pueblos. Yo no sé el número exacto, pero han sido decenas. Y había muchos niños y mujeres”.
Para entonces, el presidente Hamid Karzai ya había mostrado su consternación por la muerte de civiles en aquel ataque. Los primeros informes de la comisión independiente hablaban de unos 40 inocentes muertos.
Agujeros de cinco metros
Abandonamos el hospital para seguimos camino hacia el territorio de los Khan.. Subimos un collado y cruzamos el río Shindand, que bajaba crecido. El agua nos llegaba hasta la mitad de la puerta de nuestro todoterreno. Enseguida aparecieron los primeros campos de adormidera. Primero eran pequeños, escondidos entre los trigales. Después se hicieron tan grandes como campos de fútbol. Algunos niños trabajaban raspando los bulbos para extraer la resina de la planta, con la que luego se elabora el opio. Era una sustancia pringosa que se iba va adhiriendo a las manos y que les manchaba unas prendas que algún día fueron balncas. Una labor penosa, lenta y sucia. Unos cuantos milicianos armados con fusiles Kalashnikov nos salieron al encuentro.
Los llevaron a hablar con Haji Nasrullah Khan, el hermano de Amanullah, su sucesor. Se acordaba de mí, de nuestro encuentro del año pasado. “Usted ya nos vio entonces. Apoyábamos al Gobierno y dimos un montón de nuestros milicianos a la policía. ¿Cómo nos llaman entonces talibanes ahora?. Yo hablo muy a menudo con los soldados italianos y con los españoles. Los italianos me llamaron después del ataque y me dijeron que se habían comunicado con los norteamericanos para pedirles que se detuvieran, que estaban cometiendo un error. Pero ellos no hicieron caso porque se creen dioses. Nosotros lo único que hicimos fue defendernos. Aquí no hay talibanes”, dijo.
- Pero a pocos kilómetros de aquí mataron a una soldados española. Y los talibanes reivindicaron el ataque-, comenté.
- Sí, pero eso fue en Shindand, no en Zerkho. Yo sé lo que pasa dentro de mi casa. Lo demás...
Haji Nasrullah nos contó que el objetivo de los norteamericanos era cazar a Akthar Mohamed, el lugarteniente militar de Amanullah.
- ¿Lo consiguieron?
- No, que va. Akhtar está escondido.
- ¿Lo podríamos entrevistar?
- Intentaremos que lo veáis mañana.
Lo hicimos al día siguiente. Tres periodistas frente al hombre por cuya captura fallida Estados Unidos había matado a 136 personas. Aquella entrevista se publicó también en La Voz de Galicia.
Haji recorrió con nosotros el escenario de los combates. Casas de barro y huertas con hortalizas, trigo y adormidera. Cada pocos metros el orificio de una bomba sobre el suelo. Viviendas destrozadas. Uno que murió aquí, otro allá. “Diecisiete niños desaparecieron en el río cuando intentaban huir del ataque”, dijo.
Haji cojeaba ligeramente porque la metralla de una de las bombas norteamericanas le había arañado la pierna. Llegamos a su casa, que estaba hecha pedazos. La de al lado había sido arrasada. Su dueño, un hombre que trabajó en Irán diez años para poder pagarla miraba a los escombros. “Mis dos hijos ha desaparecido ahí debajo. Puede que los estemos pisando”, dijo.
Después fuimos a la escuela de Zerkho. Sólo llevaba una semana funcionando. Era la orgullosa contribución del contingente italiano a la prosperidad de la zona. Siete días después de su inauguración los aviones y las tropas de Estados Unidos la llenaron de agujeros con sus bombas y sus balas mientras luchaban contra los milicianos de Akhtar. El lugar era una auténtica zona de guerra. No había señales de que nadie hubiera luchado desde dentro del edificio. Los únicos signos de actividad militar en el interior eran las raciones de combate que habían dejado los norteamericanos después de ocupar el centro durante un día y una noche. Era el único colegio de la zona..
Cerca de allí se sentía el olor inconfundible de la vida descomponiéndose bajo los escombros. Cuatro niños desaparecidos.
Veinticuatro horas después la comisión de investigación enviada desde Kabul, compuesta por miembros del Parlamento de diferentes provincias, representantes del ministerio de Defensa, del de Interior, de los servicios de inteligencia, de la oficina del presidente y de la propia embajada de Estados Unidos emitía sus conclusiones: 57 civiles muertos. Diecisiete de ellos eran niños que desaparecieron en el río. Cien casas y una escuela destruidas. El mando norteamericano contraatacó en los siguientes días dejando entrever que entre los combatientes muertos había 10 comandantes talibanes. Aref Nurzei, el jefe de la comisión, responde tajante: “De acuerdo con nuestra investigación allí no había talibanes”.
Sin solución
Si realmente no había talibanes entonces, los hubo después. Se enseñorearon de Zerkho en el último año. A finales de julio el Gobierno se hartó y lanzó allí una operación. Treinta muertos. Entre ellos Haji Nasrullah, con el que habíamos hablado hacía sólo tres días y quien nos volvió a jurar que allí no había talibanes.
Con talibanes o sin ellos también los civiles volvieron a pagar su precio. Un niño de diez años entre ellos. Lo vimos en el hospital de Herat con el pecho atravesado por una bala norteamericana. Creímos que sobreviviría. Murió al día siguiente.
El valle de Zerkho volvió a arder de indignación y los intentos de Kabul de calmarlo no sirvieron para nada. Se declararon en rebeldía al grito de "habéis matado a todos nuestros líderes sin motivo".
La OTAN y el Gobierno afgano prometieron tomar medidas y pactar una solución. Pero...
Principios de agosto. Otro ataque norteamericano en Shindand. 33 civiles muertos.
es un blog de ADN.es escrito por:
David Beriain
David Beriain (Artajona, 1977) ha recorrido durante los últimos seis años los principales conflictos del planeta como enviado especial. Afganistán, Colombia, Darfur, Cachemira y otros destinos siguieron a su primera experiencia durante la invasión estadounidense de Irak. Una aventura que le llevó a pasar 10 días en los campamentos de las FARC, a acompañar a guerrilleros sudaneses, a recorrer los bastiones talibanes, a entrevistar a presos de Guantánamo o visitar mercados de armas clandestinos.
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