03 de Julio de 2008 | David Beriain
"La guerra, señor periodista, la ganan los listos, los vivos. La guerra es una cuestión de engaño". Me lo dijo el 28 de marzo Cornelio, guerrillero de las FARC, en su campamento en lo profundo de la selva colombiana, mientras trataba de justificarme con su vocabulario de campesino por qué él y los suyos secuestraban a políticos y a otros civiles. "Uno mata a un soldado y le quita el arma y nadie le pone cuidado porque el soldado sólo vale por su arma. Le digo una cosa, a fuerza de tiros nosotros no vamos a ganar esta guerra. Pero mire, ese es un hombre importante, con un puesto en el Gobierno, o un político, ah, entonces sí, venga para acá que entonces si nos van a poner cuidado, sí nos van a escuchar".
Las palabras de este veterano guerrillero con más de 30 años de guerra a las espaldas, que hace 8 que no visita una ciudad colombiana y que ha perdido casi todo lo que amaba en el fragor del conflicto, han estado resonando en mi cabeza conforme se conocían los detalles de la liberación de Ingrid Betancourt y de otros 14 secuestrados de las FARC. Quizás en esas palabras de Cornelio estén las claves para entender la trascendencia del golpe asestado a las FARC
El Ejército colombiano le ha ganado la partida a la guerrilla con sus propias armas. Con esa "malicia indígena" de la que siempre hablaba el difunto Tirofijo, esa habilidad natural para el engaño y la decepción, que le permitió durante años sacar ventaja de sus encuentros con las fuerzas del Gobierno. Les han arrebatado sus trofeos más preciados sin disparar un tiro, sin la fuerza avasalladora de la que el Ejercito colombiano ha hecho gala en otras ocasiones (aunque esta vez han vuelto a contar con la inestimable ayuda de la tecnología norteamericana para interceptar comunicaciones). Y eso hace esta derrota de las FARC más dolorosa. Parafraseando al propio Cornelio, les han quitado aquello por lo que el Gobierno aún les ponía "cuidado" y lo han hecho siendo más "vivos".
Ni la muerte de Marulanda, ni la eliminación de Raúl Reyes, ni la mano cortada como trofeo de Iván Ríos, ni la entrega de Karina. Nada, absolutamente nada de lo que les había sucedido a las FARC en estos cruciales últimos meses supone un golpe tan duro para la guerrilla como el asestado por el Ejército colombiano por la operación Jaque. Porque toda la estrategia de los hombres que ahora comanda Alfonso Cano se basaba en la fuerza de negociación que les daban esos rehenes. En el terreno militar, loas FARC se habían limitado en los últimos meses a los hostigamientos y a la siembra de minas, confiando en que un acuerdo humanitario les devolviera parte de su fuerza y algo de aliento en el terreno político.
Sin esos 15 rehenes, pero sobre todo sin la figura internacional de Ingrid Betancourt, las FARC se han quedado sin bazas en esta dolorosa partida de cartas que es la guerra colombiana. Ellos sabían que era su mejor trofeo, y así me lo hicieron entender a mí cuando conviví con ellos en la selva durante diez días entre marzo y abril. Entonces se hablaba del precario estado de salud de Ingrid y de si le quedaban pocos días de vida. Pastor Alape, hoy miembro de la dirección de las FARC, me negó que se encontrara tan mal. "Son sólo rumores", me dijo.
-¿La van a liberar?,-le había preguntado horas antes en la entrevista.
-Ya ve que liberamos a seis de ellos en los últimos meses de manera unilateral. ¿Qué ha hecho el Gobierno? Nada. En este escenario no creo que la liberación sea posible.
Volví de la selva con la sensación de que no había mucha esperanza para los secuestrados y así lo escribí. Una de las personas que me había ayudado a llegar a las FARC me lo dijo de forma aún más clara: "Sólo la van a soltar si está a punto de morirse o si les dan lo que piden. Y ahora mismo no estamos en ninguno de los dos escenarios. No van a renunciar a su mejor trofeo"
Sin Ingrid, las FARC ya no podrán meter a Francia en la ecuación negociadora. Sin los tres rehenes norteamericanos, Estados Unidos tampoco tendrá razones para contenerse en el enorme apoyo militar que ya le da al Gobierno de Uribe. Sin todos estos rehenes, los de más renombre, el Ejecutivo colombiano ya no se autolimitará en sus ataques en el sur del país.
Porque además de una baza, los secuestrados eran para las FARC un escudo con el que proteger su retaguardia, el frente Oriental, el más poderoso en hombres y en financiación por su control de las plantaciones de coca. Entre 5.000 y 10.000 soldados del Ejército ya operaban en la zona antes de la liberación.
Hacia el mes de febrero se localizó a un grupo de secuestrados en la provincia del Guaviare, alredor la zona de Tomachipán. Cuando visité aquella zona a finales de febrero, estaba prácticamente inundada de fuerzas militares. Si uno preguntaba a los vecinos dónde estaban los secuestrados todos señalaban un círculo alrededor de esa población.
Los soldados ya combatían en Tomachipán y la guerra había sacado a la mayoría de los civiles de la zona. Pero el Gobierno se contenía a la hora de lanzar un ataque masivo. Sabía que el precio político de matar a alguno de los rehenes en la operación podría ser mortal para Uribe. Colombia tiene un pasado demasiado sangriento en cuanto a operaciones militares de rescate como para jugársela, las familias de los secuestrados no se lo habrían perdonado. Uribe ordenó estrechar el cerco, sin ahogarlo.
Ahora que no tiene razones para contenerse, la ofensiva en el sur ya no se hará esperar. El acelerador de la guerra está ya pisado y esta operación no hace sino reforzar la posición de quienes apuestan por el aniquilamiento militar de la guerrilla. Sólo cabe esperar que esa ofensiva no se lleve por delante a cuantos civiles viven entre las FARC y el Ejército. O a los secuestrados que todavía quedan en la selva. Con menos nombre que Ingrid y los otros, pero con igual derecho a que se respete su vida.
es un blog de ADN.es escrito por:
David Beriain
David Beriain (Artajona, 1977) ha recorrido durante los últimos seis años los principales conflictos del planeta como enviado especial. Afganistán, Colombia, Darfur, Cachemira y otros destinos siguieron a su primera experiencia durante la invasión estadounidense de Irak. Una aventura que le llevó a pasar 10 días en los campamentos de las FARC, a acompañar a guerrilleros sudaneses, a recorrer los bastiones talibanes, a entrevistar a presos de Guantánamo o visitar mercados de armas clandestinos.
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