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15 de Abril de 2008 | David Beriain

En el corazón de las FARC

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Día 1 de la serie: 'Diez días con las FARC'.

Es noche cerrada en la selva colombiana. Ni un rayo de luna consigue atravesar la maraña de árboles y helechos que lo cubre todo. Oscuridad viscosa, absoluta.

Uno no logra verse las manos aunque se las ponga a cinco centímetros de los ojos. La única luz es la de la linterna de Cornelio, el guerrillero de las FARC que abre el paso, y esa luz se apaga cada vez que se oye en el cielo el rumor de un avión de guerra. Con ella señala las raíces y las matas con las que terminamos tropezando de todas formas. El camino que iniciamos hace tres días se convirtió en senda hace dos y ahora no es más que un hilo de terreno poco pisado, oculto entre la maleza, que sólo puede ensancharse a golpe de machete.

Bajamos la ladera casi a tientas, entre el barro y las piedras húmedas, resbalando cada pocos metros. No hace ni dos horas Cornelio ha tenido que desenvainar su cuchillo para partir en dos a una serpiente coral que estábamos a punto de pisar. Intento calcular cuánta selva habremos caminado desde que remontamos el río en la lancha y aquel todoterreno nos internó monte adentro hasta que se le acabó la pista.¿Cuarenta kilómetros? ¿Cincuenta? Hemos hecho tantas eses, subido tantas laderas y atravesado tantos riachuelos que es imposible saberlo.

En tres días hemos pasado por media docena de manos desde que abandonamos la seguridad del hotel en la ciudad más cercana. Primero por civiles afines a las FARC, después por milicianos, integrantes de las redes de apoyo, y finalmente por verdaderos guerrilleros. El primero de ellos se hacía llamar Gabriel Zabala y vestía una especie de chándal. Nada lo delataba como combatiente.

-¿Es usted guerrillero...?

-Sí, señor. Guerrillero fariano con 19 años de lucha en el monte.

-O sea que ya estamos en manos...

-Desde ahora está con las FARC, sí.-, dice mientras nos recoge de la casa de simpatizantes en la que hemos esperado su llegada.

La historia de Zabala es en buena parte la historia de los cinco guerrilleros que nos escoltan en nuestro camino: familia campesina, padre asesinado y cortado en pedazos por los paramilitares. Las FARC vistas como única salida a las matanzas, a la pobreza y a la injusticia. Cada uno de ellos es una colección de cicatrices de guerra.

A Marta también le descuartizaron a su padre cuando acababa de cumplir 12 años. Se unió a la insurgencia con apenas trece. A Abel le mataron a un tío. Cornelio perdió al amor de su vida en un combate. Era la guerrillera que le había dado su único hijo. No lo ve hace más de ocho años. Me lo contó hace dos días con la tristeza dibujada en los ojos, mientras me daba un único consejo para el camino: "Si nos llegáramos a cruzar con el Ejército y empieza la balacera usted grite que lo llevamos secuestrado. Tal vez así no lo maten".

La ladera se hace cada más resbaladiza. Cornelio se detiene y silba suave. Silencio. Otro silbido y una respuesta. De entre las sombras surge un hombre armado con un fusil Kalashnikov que nos da el alto. Cornelio sonríe aliviado: "Ya hemos llegado, este es nuestro campamento". Avanzamos entre lo que parecen camas hechas con troncos y tierra, cubiertas con toldos impermeables, hasta llegar a una especie de carpa. La linterna de Cornelio apunta hacia el interior. La luz y las sombras dibujan a un guerrillero vestido de camuflaje, alto, de barba cana, con una boina calada al estilo del Che. El hombre se acerca y extiende la mano. "Bienvenido a las montañas insurgentes del Magdalena Medio", dice.

Lo reconozco aunque sólo lo había visto una vez, en una foto. Junto a ella el Departamento de Estado norteamericano había colocado el precio de su cabeza: dos millones y medio de dólares. Colombia ofrece otro millón y medio más. Es Pastor Alape, el líder del Bloque del Magdalena Medio de la guerrilla y miembro de su Estado Mayor. El hombre al que hemos venido a entrevistar. Pastor Alape controla ocho frentes, tres de ellos diezmados, y tres columnas móviles en la región de Magdalena Medio. Es un 'duro' que ha acumulado poder tras 28 años de actividad guerrillera.

 

"No sabía que mi cabeza valiese tanto"

La primera vez que nos dijeron que el líder de las FARC al que íbamos a entrevistar era Pastor Alape, tuvimos que acudir a Google para saber quién era.

Nadie parecía tener mucha información sobre él. Para la mayor parte de los colombianos, Félix Antonio Muñoz Lascarro, como realmente se llama, es un verdadero desconocido.

No conocimos la verdadera dimensión del personaje hasta que un analista que sigue de cerca las FARC se quedó boquiabierto al oír su nombre. "Pastor no tiene un perfil muy público, pero si habláis con él estáis hablando con alguien que realmente tiene voz dentro de la guerrilla. Un duro. Tiene serias posibilidades de ocupar un puesto en el Secretariado (el órgano ejecutivo de las FARC) tras las muertes de Raúl Reyes e Iván Ríos", dijo.

Los que sí parecían tener claro el verdadero ascendente de Pastor Alape en las FARC eran los estadounidenses. Lo suficiente como para ofrecer 2,5 millones de dólares a quien de información para su captura. El Departamento de Estado lo acusa en su web de ser "el supervisor de todo el suministro de cocaína en el Magdalena Medio", de "participar en la implantación de la política de drogas de las FARC para controlar la producción, procesamiento y distribución de cientos de toneladas de cocaína destinadas a Estados Unidos y a otras partes del mundo". También lo responsabilizan de "ordenar asesinatos y atentados con bomba" y de "ordenar la ejecución de campesinos que vendieron su pasta de coca a los paramilitares".

"No sabía que mi cabeza valiese tanto", dice riendo cuando se lo comentamos. Acabamos de llegar a su campamento y nos recibe en la carpa que le sirve de oficina. En medio hay una mesa y unos bancos hechos con troncos. Sobre la mesa hay un ordenador y una televisión portátil, una radio y una agenda electrónica donde lleva cuenta de todas sus actividades. Allí consta hasta la primera noticia que tuvo de nosotros. Sus manos sufren temblores y tiene una pierna rígida, factura qu ele han pasado sus 28 años de guerra.

Su oficina está justo encima del búnker de tierra en el que, nos cuenta, pasa las noches leyendo (últimamente a Borges) y coqueteando con la poesía. "Me sirve para espantar mis fantasmas", dice. Quizás el mayor de ellos, según cuenta, sea la muerte de su compañero Iván Ríos a manos de sus propios hombres. Le cortaron la mano como prueba de que, efectivamente, lo habían matado. A su hermana también la asesinaron los paramilitares. "La echaron al río, no pudimos llorarla ni enterrarla".

En el búnker las luces nocturnas quedan ahogadas en la tierra y no delatan su posición a los aviones del Ejército colombiano que lo buscan con insistencia. Así puede seguir con sus formación, porque este hombre de 48 años apenas pudo terminar el noveno grado. Pastor Alape tiene dos hijos. A uno de ellos no lo ve hace más de ocho años. "La situación no lo permite. No puedo ponerlos en peligro", se lamenta.

 

Más información sobre las FARC

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