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Domingo, 21 de marzo de 2010. Actualizado a las 01:45h | Madrid: 14º/9º el tiempo en Madrid

08 de Octubre de 2007 | Paco Bellido / Foto: P.B.

Nos han robado las estrellas

Recuerdo que, cuando era niño, me gustaba mirar al cielo desde el cine de verano y ver la Vía Láctea, el espinazo de la noche, brillando sobre mi cabeza. Lamentablemente, desde hace algunos años este lujo ya no está al alcance de quienes residimos en ciudades; sin duda, una verdadera pena, ya que no podemos disfrutar de uno de los mejores espectáculos de la naturaleza: el cielo estrellado.

Pero yo iría un poco más allá. Creo, y debo decirlo alto y claro, que nos han robado las estrellas. La contaminación lumínica es un problema creciente que no sólo afecta ya a las grandes ciudades, sino a zonas cada vez más alejadas de las urbes. Tras una solicitud formal planteada por el Instituto de Astrofísica de Canarias, la UNESCO declaró el cielo nocturno como Derecho de las Generaciones Futuras, habida cuenta de su importancia en nuestros mitos, en la ciencia, en las artes y en la filosofía.

El problema del exceso de luz no sólo nos afecta a quienes disfrutamos de la Astronomía: muy al contrario, se trata de un problema de todos puesto que el derroche energético nos cuesta cada año a los sufridos contribuyentes varios millones de euros.

Por si fuera poco, la iluminación excesiva afecta a los ecosistemas nocturnos: las aves migratorias, los animales marinos y los insectos se ven continuamente agredidos por las luminarias que los deslumbran y los confunden.

Otro problema habitual, y que seguro que habéis sufrido en carne propia, es que la luz de la calle molesta para dormir. Por eso, en verano, en lugar de abrir la ventana para que entre el aire, nos vemos obligados a echar la persiana, encendiendo, cómo no, el aire acondicionado y disparando, por ende, el gasto de energía.

Desde 1996, la organización Cel Fosc se viene encargando en nuestro país de la complicada tarea de concienciar a la ciudadanía acerca de este problema. Al igual que esta entidad, entiendo que la solución a la contaminación lumínica no pasaría por apagar las luces, sino por iluminar de una forma eficiente y racional. Como es lógico, con una mejor iluminación -que, en lo posible, deseche esas farolas tipo bola que lanzan la mitad de la luz al cielo-, ahorraremos en combustibles fósiles y, por tanto, reduciremos considerablemente las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera.

Bien es verdad que desde las distintas administraciones se está intentando poner coto al crecimiento de la iluminación. Por poner un ejemplo, el Parlamento de Andalucía aprobó el pasado 13 de junio la Ley 7/2007 de Gestión Integrada de la Calidad Ambiental, una normativa que refunde, modifica y amplía toda la legislación autonómica en materia de medio ambiente. A su vez, en Córdoba existe una normativa pionera en España que regula la iluminación en la ciudad. El problema reside, todo sea dicho, en que estas regulaciones son incumplidas reiteradamente y desde todos los frentes -públicos y privados-.

¿Qué podríamos hacer para evitar este problema? En primer lugar, concienciar a nuestros familiares y amigos; en segundo lugar, denunciar ante las administraciones los casos de mala iluminación. Estoy convencido de que con un poco de esfuerzo, quizás seamos capaces entre todos de conservar la calidad del cielo en los pocos lugares de España donde aún se puede disfrutar de este espectáculo estelar.

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