12 de Junio de 2008 | Juan Freire
Barcelona ha sido una ciudad de enorme éxito en las últimas décadas. La combinación de grandes eventos, políticas locales activas asociadas a una visión de futuro y una ciudadanía extraordinariamente involucrada con la ciudad han creado las condiciones para que esta ciudad acabe por situarse dentro de la liga de las grandes urbes mundiales y globales. A día de hoy Barcelona es una visitante habitual de los ránkings de ciudades (especialmente en aquellos más cool).
Pero el ya conocido "modelo Barcelona" muestra algunos síntomas de agotamiento. El impacto social, económico y mediático de los sucesivos eventos ha ido decreciendo, y así mientras las Olimpiadas de 1992 fueron un enorme éxito, el Forum Universal de las Culturas de 2004 tuvo un impacto mucho más limitado y que, difícilmente, cubría las expectativas creadas. Además, el éxito turístico ha sido espectacular y, parece, está empezando a pasar factura. No es fácil combinar en un mismo entorno urbano un modelo de (casi) parque temático que se necesita cuando se gestiona un turismo masivo con otro modelo de ciudad vital y dinámica. En un caso, la ciudad es un escenario diseñado para actores externos; en el otro caso es la propia ciudadanía la que se convierte en protagonista de su entorno. Por supuesto existen otros muchos síntomas (como las recientes crisis provocadas por las infraestructuras o el agua) y matizaciones de la situación, y se pueden aducir diversas razones políticas que ayudan a explicar esta evolución de Barcelona.
Pero desde mi punto de vista, como observador externo pero frecuente de Barcelona y su ciudadanía, quizás el principal problema de esta ciudad sea la propia percepción que de ella tienen sus vecinos y muchos de sus responsables políticos. Existe una sensación de depresión colectiva que, en mi opinión, dibuja una situación peor a la real, por preocupante que esta sea, y que puede en si misma estar retroalimentando esa crisis. No se trata solo de un caso de profecía auto-cumplida, pero sí tiene en parte estas características.
Pensemos que Barcelona sigue estando situada en los ránkings globales lo cual, a pesar de todas las críticas que podamos hacerles, significa que está bien posicionada en el circuito global de grandes ciudades. Por tanto cuenta con una imagen positiva que atrae no sólo a turistas sino también a numerosos profesionales de alta cualificación que trabajan en los sectores más innovadores y que tienen a Barcelona como uno de sus destinos potenciales preferidos. Pero el estado de depresión colectiva puede provocar un ensimismamiento en los problemas en lugar de utilizar las fortalezas que siguen existiendo en Barcelona para reinventar su ciudad.
El catedrático de Política Económica Antón Costas entraba de lleno en el problema de la crisis barcelonesa el pasado 13 de Abril en El País contestando a la pregunta ¿Qué le pasa a Barcelona?:
... a Barcelona le han perjudicado las falsas ideas de la izquierda socialista y verde sobre el crecimiento, las infraestructuras y el medio ambiente. La creencia de que se puede mejorar el bienestar y el crecimiento sin impactar en el medio ambiente. Que para asegurar las necesidades de Barcelona no hacían falta nuevas infraestructuras, sino que bastaba con mejorar la eficiencia en el uso del agua, la electricidad, o la movilidad. Este pensamiento posiblemente estuvo influido por la perdida de impulso y de población que sufrió Barcelona en los ochenta. Pero cuando volvió el crecimiento y la población volvió a aumentar, esas falsas ideas bloquearon la acción.
...Pero para gestionar con visión de futuro la crisis actual de Barcelona se necesitan, al menos, dos cosas adicionales.
En primer lugar, instrumentos de planificación, coordinación y negociación entre todas las partes, como fue en su momento la Corporación Metropolitana. Esos instrumentos pueden contribuir a crear una nueva cultura y un nuevo tipo de proceso de decisiones en materia de infraestructuras y medio ambiente. Después de varias décadas de democracia no hemos cambiado en España el modelo de la dictadura: enviar, por las buenas, a técnicos y máquinas, acompañados de una pareja de la Guardia Civil para disuadir a los resistentes. Este modelo no funciona en sociedades libres, democráticas, que practican el NIMBY (sí a las infraestructuras, pero not in my back yard!, en mi patio trasero!). Una sociedad participativa y compleja exige procesos deliberativos que ofrezcan buena información sobre las diferentes alternativas y sus costes, y que oiga todas las voces e intereses.
En segundo lugar, se necesita un sólido liderazgo político local. Barcelona logró romper sus corsés y dar un salto adelante coincidiendo con fuertes liderazgos políticos. Fue el caso del alcalde Porcioles en la etapa de la dictadura y de Pascual Maragall en la democrática. Un liderazgo que contribuya a convencer a todos los catalanes de que lo que es bueno para Barcelona es bueno para Cataluña.
El arquitecto Andrés Martínezse pregunta en su blog lo mismo que Antón Costas:
Suscribo cada una de sus razones, y sólo le critico que acabe siendo demasiado benévolo con la política municipal y su búsqueda imposible de una ciudad-marca (como si las ciudades pudieran reducirse a eso); pero... cómo explicarlo, este sitio es seductor hasta en su decadencia, hasta en el colapso, en la incertidubre (y eso bien lo sabe Woody Allen) ...
Ambos inciden en la necesidad de un cambio estratégico en la política local. Pero tanto políticos como ciudadanos parecen víctimas de esa depresión que les impide despertar de un sueño que está camino de convertirse en pesadilla. Turismo masivo y ciudad marca atraen visitas y actividad económica, pero necesariamente arrastran un coste. Posiblemente Barcelona no sea suficientemente grande como para poder ser, al tiempo, parque temático turístico y ciudad innovadora y creativa. Puede que esa posibilidad esté reservada a lugares como Londres o Nueva York. Pero en todo caso es bastante claro que se necesitan otras políticas y actitudes para tratar de lograr ambos objetivos o, al menos, para detectar su imposibilidad y tomar las decisiones necesarias.
En cualquier caso, la gran fortaleza de Barcelona sigue siendo su sociedad civil capaz de organizarse con o al margen de las instituciones y responder de una forma crítica, activa y constructiva. Del mismo modo, el mayor peligro es que este espíritu acabe siendo víctima de la depresión colectiva. En el próximo post comentaré un caso, pequeño y discreto, que demuestra como este activismo social sigue vivo en Barcelona. Esta actitud ciudadana surge por todas partes y supone un reto para la política que no sabe adaptarse a los cambios que suceden en la ciudad.
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Juan Freire
Científico, emprendedor, profesor universitario, blogger y explorador de la interacción entre el mundo urbano, las redes sociales y los espacios digitales. Más en http://nomada.blogs.com/.
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