12 de Agosto de 2008 | Carlos Enrique Bayo
Es una ironía de la Historia que el Ejército neo imperialista de la Rusia del siglo XXI esté bombardeando Gori, la ciudad natal de Josif Dzugashvili (Stalin), para restablecer su dominio soviético de Georgia aprovechándose precisamente del mismo nacionalismo envenenado que legó en la zona el régimen estalinista... como resultado de las arbitrarias decisiones tomadas por aquel dictador georgiano para favorecer a su patria chica.
Hoy, lo que está en juego es tanto o más importante -en términos geoestratégicos- que lo que se disputaba tras la Revolución de Octubre (primera fase de la estrategia destructiva de Stalin en el Cáucaso) y en los estertores de la Segunda Guerra Mundial (segunda fase de la barbarie estalinista en las fronteras meridionales de la URSS). Ahora, el Kremlin trata de asegurarse una base naval (en Sujumi, Abjazia) para los cuarteles generales de su flota del Mar Negro -de momento, condenados a realquilar a Ucrania su antigua sede soviética en Crimea-, y de controlar la única vía de suministro petrolífero desde el Caspio hacia la Unión Europea que no cruza territorio ruso: el oleoducto BTC (Bakú-Tiblisi-Ceyhán) que la multinacional británica BP se ha visto obligada a cerrar ante el peligro que presentan los bombardeos rusos.
Entonces, a comienzos y mediados del siglo pasado, la región era igual de estratégicamente importante para Moscú, y las acciones de unos y otros rivales fueron aún más implacables que las actuales. Más vale recordarlas, pues los pueblos que olvidan su pasado están condenados a repetirlo. Si así fuera, los bombardeos rusos del hospital de Gori y la masacre de civiles cometida por las fuerzas georgianas en Tsjinvali parecerían agua de borrajas en comparación con los pogromos y otros actos genocidas que podrían desencadenarse en el damero maldito caucásico.
Porque el despliegue de crueldades que acometieron en aquella época, y aquel lugar, Stalin y su feroz jefe del servicio secreto (NKVD), Lavrenti Beria (oriundo de Sujumi), sólo puede compararse a lo más brutal del nazismo.
Para empezar, Stalin decidió en los años 20 dividir Osetia en dos, como venganza por la alineación de esa comunidad con los guardias blancos zaristas, tras la implacable represión de los osetos a manos de los bolcheviques ingusetios que los primeros aún recuerdan como "la gran matanza". Ése es el germen del odio entre Osetia y la vecina Ingusetia, que recrudecería veinte años más tarde otra salvajada estalinista. También es el origen del conflicto actual, ya que entregó a Georgia toda Osetia del Sur.
Pocos años después, en 1931, Stalin -que gustaba de veranear en el pintoresco Sujumi- adjudicó arbitrariamente Abjazia a su querida Georgia, aboliendo de facto la autonomía de que gozaban los abjazos: impuso el georgiano como idioma oficial, la lengua y la cultura abjazas fueron reprimidas, y miles de georgianos se asentaron en las mejores tierras de la región. Cuando la URSS se desintegró, en 1991, habían pasado seis décadas de colonización georgiana y menos de la quinta parte de la población de Abjazia era de etnia abjaza.
Sin embargo, como Georgia se declaró independiente y desafió al Kremlin aproximándose a la OTAN, Rusia ayudó militarmente a los abjazos a ganar su guerra de secesión contra las fuerzas de Tiblisi. Así que Abjazia pudo declararse independiente (en 1999) porque se había convertido en un protectorado ruso: Moscú entregó pasaportes a todos sus habitantes, estableció sus bancos en la región, reabrió la línea férrea con Sujumi y asentó un poderoso contingente militar bajo la coartada de que se trataba de fuerzas de pacificación. La impotente administración autónoma georgiana quedó reducida al abrupto valle de Kodori, donde hoy sufre ataques de los abjazos armados por Rusia.
En cuanto a Osetia, al final de la Segunda Guerra Mundial se produjo una situación inversa a la de los años 20. Ingusetios y chechenos fueron deportados en masa al Asia Central, entre muchos otros pueblos caucásicos, mientras Stalin recuperaba el afecto por los osetos, con los que al parecer tenía vínculos familiares, igual que algunos de sus más cercanos colaboradores. Así que el dictador entregó a Osetia el territorio ingusetio de Prigorodny, por cuyo control estallaría la guerra de 1991-92 y que es el mismo lugar en el que ahora se están refugiando los osetos que huyen de los ataques militares georgianos. Ahí queda una bomba de relojería que en cualquier momento puede desencadenar otra guerra interétnica.
No podemos tampoco olvidar que cuando hablamos de deportaciones masivas estamos empleando un eufemismo para lo que constituían verdaderas limpiezas étnicas genocidas del estalinismo. Por ejemplo, Beria acometió en Crimea la erradicación sistemática de todos los pueblos no eslavos. En el curso de pocos días, en mayo de 1944, el NKVD metió en trenes de ganado a los 183.155 tártaros que vivían en esa península -hombres, mujeres, niños, ancianos, enfermos...- para transportarlos en condiciones infrahumanas, peor que a animales, hasta campos de concentración en Uzbekistán, a miles de kilómetros de distancia. Según el recuento del propio NKVD, casi 45.000 de ellos (uno de cada cuatro) perecieron de frío, malnutrición y epidemias como el tifus.
Claro que Beria no se limitó a los tártaros de Crimea, sino que también deportó en masa a las minorías armenia, griega, búlgara... a los turco-mesjetos y a tantos otros pueblos de aquel gran Gulag que era la Unión Soviética que su recuento merece otro artículo.
Así que nunca olvidemos ese terrible pasado. Porque lo peor que puede ocurrir ahora en el Cáucaso es que se repitan los espantosos círculos del infierno que construyó un anterior dictador de Rusia y cuyas brasas aún prenden los más horribles incendios interétnicos.
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Carlos Enrique Bayo
Carlos Enrique Bayo (Barcelona, 1956) fue corresponsal en Moscú, desde el inicio de la perestroika hasta el final de la URSS, y en Washington, otros cinco años. Como enviado especial, cubrió la matanza de Tienanmen, la caída del Muro de Berlín, la retirada soviética de Afganistán y los conflictos bélicos de Camboya, Armenia y Oriente Próximo, así como numerosas cumbres de las superpotencias. También ha sido responsable de Internacional en cuatro diarios distintos.
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