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24 de Marzo de 2008 | Carlos Enrique Bayo

No, no es el viejo Dalai Lama… son los jóvenes tibetanos

Pekín insiste en acusar de la revuelta en Tíbet a un anciano exiliado de 72 años, cuando la realidad es que los que se han alzado contra el régimen chino son adolescentes y veinteañeros tibetanos. Es la juventud la que se ha sublevado tanto en la gran planicie del Himalaya como en torno a los remotos monasterios de Labrang, Kirti y Rongwo, en otras provincias chinas y bien lejos del alcance del "ferrocarril más alto del mundo", inaugurado en 2006.

El Gobierno chino se niega a asumir que el estallido de violencia responde al fracaso de su estrategia puramente materialista, y no a la supuesta conspiración del Dalai Lama y su "camarilla" para convertir los Juegos Olímpicos en "rehenes", a cambio de los cuales pretende obtener "la independencia del Tíbet". Todo lo contrario. La verdad es que el Premio Nobel de la Paz sólo reclama autonomía dentro de China e insta a sus fieles a seguir la vía pacífica. Incluso ha amenazado con dimitir si la rebelión continúa por derroteros violentos.

Tan equivocadamente confiadas estaban las autoridades locales chinas de que tenían controlada la situación que incluso permitieron la presencia en Lhasa, durante los disturbios, del corresponsal de The Economist, quien ha podido informarnos de lo que realmente ocurrió hasta el momento en que expiró su permiso, y se prohibió también el acceso de cualquier otro periodista. Así que sabemos que la chispa que hizo estallar el polvorín fue el apaleamiento de dos monjes, tras prolongadas protestas contra las imposiciones autoritarias del jefe local del PCCh, Zhang Qingli, enviado en 2005 a Tíbet tras haber dirigido una dura campaña de represión de los separatistas musulmanes en la vecina Xinjiang.

A Zhang le pilló por sorpresa la sublevación juvenil porque creía que el nacionalismo tibetano se podía comprar con una buena ración de prosperidad.

Pekín ha invertido miles de millones para obtener un espectacular crecimiento económico tibetano (del 12% durante siete años consecutivos y un 14% el año pasado), alimentado en gran parte por el turismo que atraen infraestructuras como el vínculo ferroviario con Golmud. Pero los verdaderos beneficiados por esa bonanza han sido los chinos de la etnia han (que forman el 94% de la población de China), favorecidos por el nuevo boom comercial porque los negocios y las subvenciones quedan casi siempre fuera del alcance de los tibetanos, que entre otras cosas no dominan el idioma mandarín en el que se promulgan todos los reglamentos, leyes y ordenanzas.

La discriminación de la población nativa -y la desconfianza que muestran hacia ella los gobernantes chinos- queda patente en el hecho de que jamás un tibetano ha ostentado el máximo cargo del PCCh local (que equivale al de verdadero gobernante de Tíbet), así como en la prohibición (impuesta por Zhang) de que los funcionarios puedan practicar el budismo vajrayana que identifica a ese pueblo. Prácticamente ningún alto cargo chino del Gobierno de Lhasa habla tibetano, pero a todos los empleados públicos, estudiantes universitarios y hasta escolares de corta edad se les obliga regularmente a renegar en público del Dalai Lama; una obligación cuyo significado humillante y denigrante para los tibetanos es fácil de imaginar.

Todo esto "es una auténtica fuente de resentimiento para una población que se siente enormemente orgullosa de su herencia cultural, un legado nacional extremadamente bien desarrollado", explicaba a The TimesBen Hillman, profesor en el Crawford School of Economics and Government de la Universidad Nacional de Australia. Aunque lo más importante, para él, es que "los cambios económicos han sido tan acelerados que los tibetanos no han logrado mantener el ritmo, mientras otros grupos como los han se aprovechaban de las oportunidades. Eso ha provocado graves tensiones, sobre todo entre la juventud tibetana".

Los protagonistas de la actual revuelta son demasiado jóvenes para recordar la gran represión de 1959, cuando el Ejército chino mató a decenas de miles de personas y convirtió a cientos de miles en refugiados o los encerró en espantosos campos de concentración. China ya no bombardea las residencias del Dalai Lama, como hizo entonces, ni comete los terribles excesos de la Revolución Cultural, que también los tibetanos padecieron después. Sin embargo, el PCCh sigue arrogándose la absurda autoridad de decidir en qué cuerpo terrenal se reencarna el alma de cada monje muerto, al mismo tiempo que proclama que eso no es más que burda superstición.

Lo sea o no, esa creencia forma parte de la secular tradición religiosa tibetana, de su misma esencia cultural y nacional, y China no logrará acabar con ello ni por la fuerza de las armas ni con el poder del dinero.

Pekín ha de comprender que la amenaza a su dominación del Tíbet no procede de un viejo refugiado en Dharamsala, sino de los propios jóvenes tibetanos.

 

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