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ADN.es / Opinión

Martes, 14 de febrero de 2012. Actualizado a las 10:09h | : el tiempo en

19 de Marzo de 2010 | Agustín Alcalá

El teléfono rojo y la calculadora

Ha llegado la hora de la verdad y en el Capitolio de Washington se percibe la importancia, el peso y el calibre de la votación en la Cámara de Representantes para aprobar la reforma sanitaria que Estados Unidos no puede aparcar por más tiempo.

Para muchos legisladores será el voto que más afecte la vida de sus ciudadanos que han tomado en sus carreras políticas. Mucho más importante que aquel que tomaron en octubre del 2002 para permitir que George Bush enviara a miles de hombres a Irak.

Entonces estaba en juego la vida de los soldados, que por contrato deben ponerla al servicio de la patria aunque no estén de acuerdo con las decisiones de sus líderes, y de los iraquíes, nobles habitantes del mundo pero que a los congresistas de Alabama o de Utah importaban menos.

La votación que se espera el domingo en el Congreso es distinta. Afecta a los Smith, Rogers, Donahue, Johnson, Moreno, López y Lombardis de Nueva York, Illinois, Kentucky y Nuevo Méjico.

Vecinos con los congresistas y senadores se cruzan cada fin de semana que acuden a sus distritos y ante los que deberán defender su voto y explicar sus consecuencias.

En juego están la sanidad nacional, los precios de los seguros, la superviviencia del servicio de pensiones, el déficit y la bancarrota de esta economía. Y, claramente, el éxito o el fracaso de la presidencia de Barack Obama.

Por eso se queda en casa y no se marcha a Indonesia y Australia y, con la calculadora en la mano y el teléfono rojo al lado, se dedicará hasta el momento de la votación en la Cámara de Representantes a echar cuentas hasta que los demócratas tengan los 216 votos necesarios para aprobar la versión de la reforma que pasó el Senado en diciembre pasado.

Y que incluye aumentar las nóminas de los asegurados en 32 millones, más controles para que los imperios de seguros no los eleven cuando quieran o excluyan a las personas que tienen enfermedades de largo tratamiento y que obliga a los empresarios a ofrecer cobertura a todos sus empleados.

Unos cambios que han dividido al Congreso en tres bloques bien distintos de políticos con intereses completamente diferentes.

Los convencidos que reclaman de que es obligatorio aprobarlos porque la nación se los debe desde hace más de 80 años a sus ciudadanos.

Los egoistas que tienen dudas y temen perder su escaño en el Capitolio si votan a favor y piensan para sus adentros que su derecho a tener un sueldo seguro y las prebendas que concede el llamarse congresistas o senadores están por encima de los intereses de sus compatriotas a los que representan.

Y los contrarios que aseguran que la forma en la que la mayoría demócrata ha impuesto la ley, a la fuerza y con embudo, es contraria a las normas y a la Constitución estadounidense.

Por colores son los azul marino de los demócratas liberales, los azul cielo de los centristas y el rojo de sangre en la arena de los republicanos. Y por número unos 200 que ya han decidido votar a favor, unos 50 que se lo piensan y 178 que ya han dicho no.

 

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