12 de Marzo de 2010 | Agustín Alcalá
Barack Obama ha ordenado a sus colaboradores y a sus amigos que más cerca de él están que sean más cautos, menos exhibicionistas, recatados de formas y de palabras y que se cuiden de jactarse de su suerte y de las grandes ventajas de estar cerca del presidente de Estados Unidos.
No es hora de presumir, dice la orden enviada de palabra que no escrita del afroamericano a sus asesores y que también ha comunicado Michelle Obama a sus asistentes.
Cuando los norteamericanos sufren las consecuencias de un paro que flirtea con el 10%, todavía hay 50 millones de ciudadanos sin seguros médicos, las bancarrotas por no pagar la casa a los bancos siguen en alza y con unos padres que se enfrentan a una factura superior a los 35.000 dólares anuales de media por mandar a sus hijos a una universidad no es hora de presumir en revistas con ropa cara, anillos, aunque sean prestados, y sonrisas.
Ni fomentar esa idea de que el amo del mundo es la rencarnación de Elvis Presley, con el pelo más rizado y sin guitarra, que tanto gusta a los europeos.
El presidente no se ha convertido en un fraile de la noche a la mañana y quiere hacerse un ermitaño. Todavía permite que los medios informativos tomen fotografías cuando sale con su chica a cenar los sábados por la noche. Ella imponente y de última moda y él con el mismo traje de siempre, azul marino oficial y camisa blanca, aunque sin corbata.
Pero se han acabado, o limitado al máximo, las portadas en revistas de moda de Michelle Obama y de algunos de sus colaboradores y de vender al mundo que esta Casa Blanca es una Camelot 2, aunque con tonos más oscuros.
El brand Obama, la marca de la casa, ha sido aparcada hasta mejores tiempos para no dar motivos a los enemigos del presidente a alegar que vive en un mundo irreal, de lujo y magnificencia, tan lejano a la realidad que deben superar cada día sus compatriotas.
Una de las víctimas de este nuevo despertar ha sido Desirée Rogers, la que fuera Secretaria Social de la Casa Blanca, y que ha tenido que marcharse de Washington porque el título se le subió a la cabeza.
Oficialmente su despido, o su marcha como educadamente se lo llamó en la capital, se debió al error cometido por el protocolo de la residencia oficial durante la cena de estado ofrecida al presidente de India en noviembre pasado y en la que se coloron sin invitación un par de caraduras.
A ninguno de los colaboradores del presidente le pasó desapercibido que ni él ni su esposa defendieron a su antigua amiga, conocida de su casa de Chicago y con la que tenían una amistad personal de más de dos décadas.
El nuevo mensaje es que en el 1600 de Pennsylvania Avenue viven unos norteamericanos normales, afortunados porque sus ciudadanos les han dejado prestados por cuatro años su actual residencia, y que tienen que ganarse el sueldo de 400.000 dólares anuales que recibe el presidente, trabajando de la mañana a la noche y echando horas extraordinarias, gratuitas, cada día.
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Agustín Alcalá
En 1982 empecé a trabajar como periodista ante las Naciones Unidas. No escribí una línea durante años porque terminé organizando ruedas de prensa, viajes de ministros y chupándome muchas reuniones de comités aburridos en la ONU. En 1992 fiché, cual futbolista orgulloso y de fácil regate, por Onda Cero. Las pasé muy mal el 11 de septiembre del 2001 en las calles cercanas a las Torres Gemelas y me dieron un premio Antena de Oro que no tengo puesto en el cuarto de baño. Cuando no estoy ante el ordenador me dedico a entrenar a mi hija pequeña en el fútbol-soccer.
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