10 de Marzo de 2010 | Agustín Alcalá
Hombres adultos tocando a jóvenes pimpollos, políticos que compran y venden votos debajo de la ducha y vestidos sólo con una diminuta toalla y saunas calientes que se convierten en el lugar favorito de reunión de muchos semidioses del Senado. No, no es la Roma de Calígula sino el Washington del año 2010.
El escándalo que ha obligado al congresista neoyorquino, Eric Massa, a abandonar su puesto en la Cámara de Representantes ha revelado el detrito de una conducta que no es exclusiva de este hombre que ahora debe dar explicaciones sobre sus fiestas de cumpleaños con sus jóvenes asistentes y becarios y que acusa a la Casa Blanca de vendetta.
En las universidades capitalinas como George Washington, Georgetown o American University todos aquellos estudiantes que quieren trabajar durante el verano en el Capitolio reciben la advertencia, que no se puede leer en libro o publicación alguna pero que es vox populi en los campus, de que dentro del Congreso vale todo. Congresistas pulpos que aprovechan la exclusividad del ascensor para pellizcar y poner cara de estúpidos; invitaciones a entrar en el exquisito comedor del Senado a cambio de trabajar a solas en la oficina con el jefe; y fiestas en las que los políticos se olvidan que tienen hijos e hijas de su edad y se sienten rejuvenecidos ante tanto jovenzuelo que les sonríen y que casi nunca les dicen no.
Massa ha sido forzado a renunciar a su escaño porque una investigación de la jefatura de la Cámara de Representantes ha confirmado las denuncias de algunos de sus colaboradores masculinos de que el congresistas les metió mano, les persiguió sexualmente y se comportó inapropiadamente con ellos.
"No hubo sexo de por medio. Nunca", se defiende el político que asegura que todo fueron juegos que aprendió durante sus 25 años en la Marina donde la camaredería y el aburrimiento dan para muchas cosas. Entre ellas, según parece, "hacer cosquillas a uno de mis asistentes hasta troncharse tanto de risa que no podía respirar y celebrar mi 50 cumpleaños con cuatro chicos subidos encima de mi para intentar aplastarme".
El congresista reconoce que es posible que aparezcan por algún lugar correos electrónicos subidos de tono y en los que dijo cosas sin pensarlas pero todo lo hizo de buena fé, para demostrar que no era el jefe sino un amigo y para divertirse con los muchachos.
El de lo que quiere hablar es de la vendetta de la Casa Blanca por no apoyar la ley de reforma sanitaria de Barack Obama y de la venganza de Rahm Emanuel, el jefe de gabinete del presidente, al que acusa de amenazarla en paños menores en la ducha del gimnasio de la Cámara de Representantes.
"Me preguntó porqué no era un chico bueno y votaba a favor. La verdad que me sorprendió porque cuando uno está cubierto sólo de una pequeña toalla y con el pecho descubierto no puede pensar mucho en política", alega el político que dice que la verdadera razón de que tenga que abandonar Washington es el ultimátum que le ha dado el Partido Demócrata y que, cansado de la política, quiere dedicar sus fuerzas a recuperarse de un cáncer.
Los pecadillos sexuales de Massa han desactivado la campaña que quería lanzar el Partido Republicano contra Obama al que iba a retratar como un matón que se quita de en medio a todos aquellos que no apoyan sus cambios sanitarios. Ya desprecia a los conservadores y hace todo lo necesario también para apartar a los demócratas que se atreven a oponerse a él. Ya sea en la cámara o en la ducha.
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Agustín Alcalá
En 1982 empecé a trabajar como periodista ante las Naciones Unidas. No escribí una línea durante años porque terminé organizando ruedas de prensa, viajes de ministros y chupándome muchas reuniones de comités aburridos en la ONU. En 1992 fiché, cual futbolista orgulloso y de fácil regate, por Onda Cero. Las pasé muy mal el 11 de septiembre del 2001 en las calles cercanas a las Torres Gemelas y me dieron un premio Antena de Oro que no tengo puesto en el cuarto de baño. Cuando no estoy ante el ordenador me dedico a entrenar a mi hija pequeña en el fútbol-soccer.
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