11 de Enero de 2010 | Agustín Alcalá
Si es verdad que trabaja para los estadounidenses 24/7 no me explico de dónde saca Barack Obama tiempo para leer tantos libros y cumplir sus labores de esposo, padre, comandante en jefe y presidente.
Un libro que no parece interesado en ojear es uno que llega ahora a las librerías estadounidenses y que cuenta cosas sobre cómo ganó la presidencia de Estados Unidos que él sabe de sobra y relata otras que decían las gentes de él y que desconocía.
Hasta que han llegado John Heilemann y Mark Halperin, dos veteranos periodistas políticos, y su "Game Change", "La jugada maestra", un Vesubio que ha estallado con su lava caliente derramada sin control a lo largo de la Avenida Pennsylvania desde el Capitolio hasta la Casa Blanca.
El más afectado en este momento es Harry Reid, el presidente demócrata del Senado y que apoyó desde el prinicipo al desconocido senador Obama para que se presentara a las elecciones.
Quizás en un día en el que se sentía graciosamente vulnerable dijo a Heilemann y a Halperin que creía que el país estaba listo para abrazar a un candidato como el afroamericno porque tiene "la piel tostada y no habla con acento propio de los negros, al menos, claro está, que quiera ponerlo".
El senador de Nevada ha debido pedir disculpas a toda prisa al presidente y a los líderes negros de su partido porque "mis comentarios no son apropiados y pueden ofender a mucha gente".
"El libro está cerrado", ha contestado inmediatamente Obama que necesita a Reid para que obtenga en el Senado la aprobación de la reforma sanitaria que tanto tarda y que tanto necesita.
"Cuando los demócratas hacen algún comentario racista con una disculpa se acaba todo", ha comentado Michael S. Steele, el presidente del Partido Republicano, con acierto. "Si hubiera sido un conservador nuestros rivales ya estarían solicitando que dimitiera de su cargo de presidente del Senado".
Otros dos que no acudirán a leer "La jugada maestra" son un hombre que ya fue presidente y otro que quiso serlo. Y ninguno lo volverá a ser jamás a causa de su libido incontrolado.
Bill Clinton aparece como el insaciable mujeriego que, aprovechando que su esposa Hillary hacía campaña, mantuvo un romance con una mujer que no era un amor de un día sino una relación estable. El calla y ella quiere olvidar pero en el libro se revela que pidió a un grupo de sus más cercanos asesores que investigaran los rumores del desliz de su marido, otro más, y que fue informada que era cierto.
Y la reputación de John Edwards, el que fuera candidato a la vicepresidencia en el 2004 y en el 2008 volviera a intentar ser presidente de nuevo, sigue hundiéndose. Los periodistas cuentan como cuando su esposa Elizabeth supo que tenía un hijo con otra se rasgó la blusa en medio de un aeropuerto para enseñarle su cuerpo dañado por el cáncer: "Ten la vergüenza, al menos, de mirarme", le dijo antes de marcharse, tambaleándose y desesperada.
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Agustín Alcalá
En 1982 empecé a trabajar como periodista ante las Naciones Unidas. No escribí una línea durante años porque terminé organizando ruedas de prensa, viajes de ministros y chupándome muchas reuniones de comités aburridos en la ONU. En 1992 fiché, cual futbolista orgulloso y de fácil regate, por Onda Cero. Las pasé muy mal el 11 de septiembre del 2001 en las calles cercanas a las Torres Gemelas y me dieron un premio Antena de Oro que no tengo puesto en el cuarto de baño. Cuando no estoy ante el ordenador me dedico a entrenar a mi hija pequeña en el fútbol-soccer.
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