30 de Abril de 2009 | Agustín Alcalá
En estos primeros 100 días de Barack Obama en la Casa Blanca ha demostrado que es un presidente distinto a los otros hombres que han ocupado el Despacho Oval en el último cuarto de siglo. Diferente al ausente Ronald Reagan, que trabajaba lo mínimo; mucho más fuerte que el débil George Bush padre, que nunca se creyó que mereció vivir en el 1600 de Pennsylvania Avenue; más humano y leal que Bill Clinton, que puso su ego infinito por encima de los intereses de la nación; y mucho más preparado, justo y sabio que George Bush hijo, al que la presidencia siempre le quedó demasiado grande. Obama ha decidido que para afrontar los inmensos retos que tiene por delante, mucho mayores que cualquiera de sus recientes antecesores, tiene que ser sincero con sus conciudadanos y demostrarles que tiene todo bajo control. En realidad no es un presidente sino el multipresidente porque su día está repleto de reuniones, de documentos que descansan sobre su mesa sobre la situación económica, el virus H1N1, los riesgos de bancarrota de la General Motors o la Chrysler, los avances de los talibán en Pakistán y Afganistán, el incremento de la violencia en Irak o las últimas cifras del desempleo y de discursos y apariciones públicas destinadas a convencer a sus compatriotas de que hay un nuevo "sheriff" en Washington. Y las encuestas demuestran que este estilo gusta a los norteamericanos porque el 68 por 100 está de acuerdo con las decisiones que ha tomado sobre asuntos tan dispares como Cuba, las torturas, la investigación de las células madres, el apoyo a que las mujeres no sean discriminadas en su puesto de trabajo, Irak o sus críticas a los ejecutivos de bancos y compañías automovilisticas. Pero sobre todo están felices por su personalidad porque al 81 por 100 de sus compatriotas les cae simpático. El mejor Obama ha aparecido en estos 100 primeros días en el Despacho Oval cuando ha combinado la sinceridad del presente y la visión del futuro. Porque ha sido sincero al decir a los estadounidenses que la crisis económica presente es la peor a la que se ha enfrentado la nación en los últimos 75 años y ha sido un visionario cuando ha advertido que esta nación no podrá sobrevivir como tal si los ricos siguen beneficiándose de las decisiones del presidente, pagando menos impuestos y viviendo mucho mejor que el resto. Por eso su propuesta para redistribuir la riqueza nacional que tanto ha molestado a los republicanos. Su mayor impacto ha sido en la economía y en la forma que ha pedido a todos los agentes económicos y sociales que sean responsables de sus actos. Incluidos los directivos de los grandes bancos a los que el estado ha salvado de la bancarrota y, en algunos casos, de la desaparicion. El pasado mes de marzo se reunió con los ejecutivos de los mayores bancos y firmas bursátiles de Wall Street y sobre la mesa de la sala de juntas de la Casa Blanca sólo había un vaso agua. Nada de magdalenas, frutas, jugos o café. Todo muy seco y frugal porque les dejó claro que se habían acabado los tiempos de las renovaciones de los despachos millonarios, los viajes en aviones privados y las papeleras de 8000 dólares para la basura a costa del dinero público.
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Agustín Alcalá
En 1982 empecé a trabajar como periodista ante las Naciones Unidas. No escribí una línea durante años porque terminé organizando ruedas de prensa, viajes de ministros y chupándome muchas reuniones de comités aburridos en la ONU. En 1992 fiché, cual futbolista orgulloso y de fácil regate, por Onda Cero. Las pasé muy mal el 11 de septiembre del 2001 en las calles cercanas a las Torres Gemelas y me dieron un premio Antena de Oro que no tengo puesto en el cuarto de baño. Cuando no estoy ante el ordenador me dedico a entrenar a mi hija pequeña en el fútbol-soccer.
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