24 de Abril de 2009 | Agustín Alcalá
Dick Cheney se ha quedado en Washington y no se ha marchado lejos de la capital como hacen habitualmente los vicepresidentes y sus jefes presidentes cuando terminan sus mandatos porque está resentido y quiere provocar a Barack Obama. El dice que lo hace para defender su legado pero parece cada vez más claro que la verdadera razón es que no soporta a la nueva Administración. Ni a sus ideas económicas, sociales, mediambientales o sus decisiones para acusar a los ejecutivos de los bancos y firmas de Wall Street de vergonzosa avaricia o sus acercamientos a Cuba o su cambio de actitud hacia los aliados europeos y sus iniciativas para acabar con la guerra en Irak y combatir contra el terrorismo en Pakistán y Afganistán. A Cheney todo lo que representa Obama le produce dolor de estómago y se le nota cada vez que habla. Se ha comprado una mansión en McLean, en Virginia, a media hora de la Casa Blanca, y su sombra sigue siendo bien alargada. Y cada vez más molesta porque esta misma semana ha retado al presidente a un duelo y a una pelea cuerpo a cuerpo más propia del antiguo boxeador que fue en sus tiempos como militar. Como se sabe matón cree que será fácil dominar y mandar a la lona a Obama, que es alto y flaco, y no parece tener un mentón demasiado duro. El vicepresidente quiere que se hagan públicos, selectivamente, los documentos que demuestran que Estados Unidos no ha sufrido un nuevo atentado en su territorio en los últimos ocho años gracias a los interrogatorios-torturas a los que fueron sometidos los responsables del 11 de septiembre. Con su habitual simplicidad de palabra, casi con un susurro y con mucha sequedad, Cheney ha utilizado sus apariciones en la cadena de televisión FOX para decir que no permitirá que nadie ponga en duda su reciente pasado. Y mucho menos esta banda de aficionados casi socialista que controla en este momento la que fue su Casa Blanca. Frente al silencio que mantiene George Bush hasta ahora, el vicepresidente habla y habla por los codos. Especialmente en asuntos de seguridad nacional cuando recuerda que "estamos en una guerra y debemos continuar con las cosas que han funcionado en el pasado para no hacer a nuestra nación más indefensa". Sus comentarios han sido celebrados por sus seguidores y sus rivales porque al tiempo que anima a los conservadores con sus ataques también provoca la ira de los demócratas que le ven como el enemigo ideal. Cheney está escribiendo sus memorias, que cubren más de cinco décadas en el Congreso, en el gobierno y en Washington y no quiere decepcionar a nadie. A los que están a su favor y en contra lo que asegura que su próximo libro aumentará cuando aparezca aún más su abultada cuenta corriente.
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Agustín Alcalá
En 1982 empecé a trabajar como periodista ante las Naciones Unidas. No escribí una línea durante años porque terminé organizando ruedas de prensa, viajes de ministros y chupándome muchas reuniones de comités aburridos en la ONU. En 1992 fiché, cual futbolista orgulloso y de fácil regate, por Onda Cero. Las pasé muy mal el 11 de septiembre del 2001 en las calles cercanas a las Torres Gemelas y me dieron un premio Antena de Oro que no tengo puesto en el cuarto de baño. Cuando no estoy ante el ordenador me dedico a entrenar a mi hija pequeña en el fútbol-soccer.
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