16 de Febrero de 2010 | Agustín Alcalá
Al senador Evan Bayh lo conocen sus vecinos de Indiana, algunos colegas de profesión en el Capitolio y poca gente más. Y, sin embargo, el anuncio de que abandona el Senado y la política activa ha causado un terremoto en la Avenida Pennsylvania porque ha hecho una declaración que está en estos momentos en la mente de muchos políticos: "I don't love Washington anymore".
Y ya no está enamorado de su profesión porque está hastiado, agotado, harto, descorazonado y cansado de cómo funciona Washington, de cómo los intereses partidistas se imponen sobre el bien común, el servicio público, el interés general de los norteamericanos y esa frase que tanto enamora a los (ingenuos) estadounidenses: "que el bien triunfe sobre el mal".
Lejos están esos días en los que James Stewart enamoraba a los espectadores de cine con su cántico a la política limpia y honesta en Mr. Smith goes to Washington. "Creo que puedo hacer más por mi país desde la empresa privada que desde el Congreso", ha dicho Bayh, un pura sangre porque es hijo de senador, tiene el carácter ideal, la familia perfecta, un compromiso sin límite y en los últimos años ha sonado como candidato a la vicepresidencia y como futuro presidente de la nación.
Ser político ahora ya no tiene sentimentalismo alguno y ese espíritu idílico de hacer el bien y representar a sus vecinos se ha convertido en un puro negocio en el que prima el dinero y el interés personal de unos cuantos, que quieren imponer su ideología sobre el resto.
Eso explica que este año cinco senadores demócratas y seis republicanos y otros 30 colegas congresistas de ambos partidos hayan anunciado que dejan Washington para dedicarse a otra cosa. Y la mayoría alega que lo hacen porque están cansados del politiqueo y del obstruccionismo y la falta de soluciones.
En el Capitolio, la dictadura de las ideas paraliza el progreso, el avance por crear empleos, mejorar la educación, garantizar la sanidad para los enfermos, proteger a los pobres y reconocer a los inmigrantes. Unos y otros, demócratas y republicanos, se enzarzan en debates ideológicos para engrandar el ego personal de algunos.
El bipartidismo del que tanto habla Barack Obama y el consenso que tanto busca no existen porque los demócratas no ceden y creen que la verdad les pertenece y los republicanos no quieren participar en el gobierno de la nación. Se esconden, se dan de baja y dicen no a todo ya que ven en las elecciones de noviembre próximo, en las que se renovarán la Cámara de Representantes y parte del Senado, la posibilidad de retomar de nuevo el poder en Washington y cambiar de presidente.
E imponer, ahora sin tapujos, su ideología, sus formas y su visión del estado.
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Agustín Alcalá
En 1982 empecé a trabajar como periodista ante las Naciones Unidas. No escribí una línea durante años porque terminé organizando ruedas de prensa, viajes de ministros y chupándome muchas reuniones de comités aburridos en la ONU. En 1992 fiché, cual futbolista orgulloso y de fácil regate, por Onda Cero. Las pasé muy mal el 11 de septiembre del 2001 en las calles cercanas a las Torres Gemelas y me dieron un premio Antena de Oro que no tengo puesto en el cuarto de baño. Cuando no estoy ante el ordenador me dedico a entrenar a mi hija pequeña en el fútbol-soccer.
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