02 de Febrero de 2010 | Agustín Alcalá
El poder en Washington se define por la capacidad que tienen los representantes populares para devolver en forma de millones de dólares los votos que les han dado sus vecinos para mandarlos al Capitolio. Ha sido así siempre y por mucho que Barack Obama quiere cambiarlo seguirá siendo igual por los siglos de los siglos.
La presentación del presupuesto anual es una fecha esperada con ansias por todos los políticos capitalinos porque se abre la temporada reina del trapicheo, el mercadeo, la venta de los votos y apoyos y es cuando se declaran los ganadores y los perdedores.
Ganan los que logran meter en las cuentas del estado el mayor número de gastos e inversiones públicas en sus pueblos natales, beneficios para sus vecinos y para sus amigos, ya sean personales o amistades políticas en forma de industrias, lobbies y grupos de interés.
Pierden los que vuelven a sus estados de origen con las manos vacias, sin favores que repartir y sin el dinero que había prometido a sus votantes...que en las siguientes elecciones no suelen olvidar.
Por eso la petición de Obama al presentar los presupuestos del 2011 -con unos gastos de 3,8 billones de dólares y con 1,6 billones de déficit- de tratar las cuentas nacionales como si fuera la cesta de la compra de los norteamericanos y su advertencia de que no se puede gastar sin que haya consecuencias se ven aquí más como un deseo más que como una orden.
"Debemos ahorrar lo que podemos para permitirnos lo que necesitamos. Simplemente no podemos continuar gastando como si los déficits no tuvieran consecuencias, como si el malgastar no importara y como si el dinero de los estadounidenses sea tratado como dinero del Monopoly", sugiere.
Ese es un cambio que seguramente Obama no logrará. Ni él ni su sucesor ni el sucesor de su sucesor.
Esta nación no puede vivir por más tiempo con un déficit de 1,6 billones de dólares, con una deuda nacional que alcanza los 12 billones de dólares (lo que supone que cada uno de los 307 millones de habitantes de este país debe casi 40.000 dólares por cabeza) y con 25 millones de personas que están en el paro o tienen un puesto de trabajo que han debido aceptar con mucho menos salario y menos horas del que antes tenían.
El seguir así garantiza la ruina y la bancarrota, y Washington tiene que tomar una decisión antes de que sea demasiado tarde. O cambia y se aprieta el cinturón, como hacen cada día millones de sus habitantes, o cuando alguien llame a Estados Unidos una superpotencia económica estará mintiendo.
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Agustín Alcalá
En 1982 empecé a trabajar como periodista ante las Naciones Unidas. No escribí una línea durante años porque terminé organizando ruedas de prensa, viajes de ministros y chupándome muchas reuniones de comités aburridos en la ONU. En 1992 fiché, cual futbolista orgulloso y de fácil regate, por Onda Cero. Las pasé muy mal el 11 de septiembre del 2001 en las calles cercanas a las Torres Gemelas y me dieron un premio Antena de Oro que no tengo puesto en el cuarto de baño. Cuando no estoy ante el ordenador me dedico a entrenar a mi hija pequeña en el fútbol-soccer.
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