13 de Noviembre de 2009 | Agustín Alcalá
Sarah Palin ha decidido elevarse ella misma a los altares sin necesidad de que nadie la nomine como la nueva Santa Sarah de la política norteamericana.
"Todo fue culpa de otros, fuí manipulada, mal empaquetada, insultada, y la imagen que se ha creado de mí como candidata a la vicepresidencia no me corresponde", defiende la antigua gobernadora de Alaska en un libro que aparece la próxima semana en las librerías estadounidenses y por el que ya ha recibido cinco millones de dólares de adelanto.
Going Rogue, que liberalmente se puede traducir como A contracorriente, dará a Palin el dinero que hasta ahora no ha ganado en política y es un nuevo paso en el camino que ha decidido tomar rumbo a la Casa Blanca.
Donde desesperadamente quiere vivir lo antes posible. Mejor en el 2012, cuando termina el primer mandato de Barack Obama, que en el 2016 cuando el actual presidente se tiene que marchar obligatoriamente.
En su libro, que aparece con una tirada inicial de 1,5 millones de copias el próximo martes, Palin acusa a los hombres y mujeres que rodearon a John McCain de celosos manipuladores que no permitieron que ella, que pronto descubrió que tenía más carisma y tirón que el aspirante republicano a la presidencia, fuera la soberana y no la súbdita.
Y levanta el dedo acusador para criticar la forma en la que fue vestida, las entrevistas que la obligaron a conceder, las que no fueron aceptadas, la imagen que se dió de ella y su familia y se opone a casi todo lo que ocurrió a su alrededor en esos tres meses, desde finales de agosto al 4 de noviembre, en los que se convirtió en el personaje político más atractivo del momento. Incluso más, en su opinión, que Obama.
Y no por sus buenos looks, sus trajes de chaqueta que se pegaban a sus caderas y sus gafas de diseñador de 300 dólares. Sino porque decía la verdad y conectó con esos millones de norteamericanos y votantes que son representantes de la small America, la América pequeña, en oposición a la elitista que vive en Nueva York, Los Angeles, Washington y Boston.
Esos de pistola bajo la almohada, misa semanal, mirada alarmada ante los que no piensan como ellos, no hablan el inglés igual y que si pudieran nunca saldrían de Estados Unidos durante toda su vida.
Revela que la frustada intentona de ser vicepresidenta le costó 50.000 dólares, el dinero que se gastó el Partido Republicano en desempolvar su pasado y que tuvo que pagar de su bolsillo porque al salir derrotada nadie le devolvió; dice que se ha gastado medio millón de dólares en todos los pleitos legales presentados contra ella por sus enemigos políticos; y que se enfadó mucho cuando en la noche electoral, y después de la derrota, no la dejaron despedirse de los norteamericanos.
Y se declara en contra de la imagen de frivolidad que se dió del embarazo de su hija mayor Bristol, de 17 años. Que ella entendió fue vendido a los estadounidenses como algo normal y aceptable cuando en realidad estaba horrorizada.
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Agustín Alcalá
En 1982 empecé a trabajar como periodista ante las Naciones Unidas. No escribí una línea durante años porque terminé organizando ruedas de prensa, viajes de ministros y chupándome muchas reuniones de comités aburridos en la ONU. En 1992 fiché, cual futbolista orgulloso y de fácil regate, por Onda Cero. Las pasé muy mal el 11 de septiembre del 2001 en las calles cercanas a las Torres Gemelas y me dieron un premio Antena de Oro que no tengo puesto en el cuarto de baño. Cuando no estoy ante el ordenador me dedico a entrenar a mi hija pequeña en el fútbol-soccer.
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