09 de Noviembre de 2009 | Agustín Alcalá
El Senado de Estados Unidos está compuesto por 100 senadores que se creen que son presidentes y que se toman muy en serio ese principio de que la Casa Blanca gobierna y el Senado manda y ordena.
Barack Obama, antiguo senador, sabe perfectamente cómo operan sus viejos colegas y a sus labores de presidente deberá en los próximos 46 días, los que faltan para que llegue la Navidad, añadir la de karateka. Porque deberá "torcer muchos brazos", siguiendo el argot que se emplea en la Cámara Alta estadounidense, para convencer a los senadores de su propio partido y le pongan en el árbol navideño la reforma que tanto busca.
La aprobación por 220 votos a favor por 215 en contra en la Cámara de Representantes este fin de semana de la reforma fue muy complicada y sólo un republicano se unió a los demócratas en la votación final.
En el partido del presidente no hay unidad porque 39 congresistas demócratas de centro se opusieron, ya que la consideran muy cara. Treinta y uno de ellos son de distritos donde Obama no ganó en las elecciones presidenciales y donde la mayoría de los votantes son de centro y conservadores.
Si en el Congreso fue complicada su aprobación, en el Senado parece casi imposible, y si hay consenso final es casi seguro que la ley será completamente diferente.
Porque en juego está la forma en la que el estado está presente y se introduce en la industria de los seguros, que ahora establece libremente sus precios y servicios a los enfermos y a la que Obama quiere meter en cintura.
El asunto que divide más a los demócratas y a los republicanos es la "opción pública", una boutique-tienda controlada por el estado a la que aquellos que no tienen dinero para pagar los precios actuales de los seguros acudan para contratar su cobertura médica de forma más barata. Los liberales dicen que eso asegurará que todo el mundo tenga opción de tener asistencia sanitaria mientras que los conservadores lo tachan de intervencionismo del estado y de socialismo.
Los republicanos no tienen intención alguna de reformar la sanidad estadounidense y mucho menos de dar la victoria a Obama y los demócratas en el Congreso, y han logrado atemorizar a los estadounidenses que ahora tienen seguros y que, felices o no con ellos, tienen miedo a que los cambios sean demasiado grandes y costosos.
Los demócratas consideran que el seguro médico debe ser obligatorio para todos los norteamericanos y que el dinero no sea obstáculo. Por eso quieren obligar a las compañías a ofrecerlo a sus empleados, a los ciudadanos a contratarlos y a las aseguradoras a rebajar sus precios y admitir a aquellos pacientes que tienen enfermedades de largo tratamiento, como el cáncer.
El karateka Obama tiene mucho trabajo por delante y muchos brazos que torcer. Si cerca de Navidades hay una votación en el Senado y hay muchos senadores con escayolas en sus brazos... la reforma será aprobada.
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Agustín Alcalá
En 1982 empecé a trabajar como periodista ante las Naciones Unidas. No escribí una línea durante años porque terminé organizando ruedas de prensa, viajes de ministros y chupándome muchas reuniones de comités aburridos en la ONU. En 1992 fiché, cual futbolista orgulloso y de fácil regate, por Onda Cero. Las pasé muy mal el 11 de septiembre del 2001 en las calles cercanas a las Torres Gemelas y me dieron un premio Antena de Oro que no tengo puesto en el cuarto de baño. Cuando no estoy ante el ordenador me dedico a entrenar a mi hija pequeña en el fútbol-soccer.
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