22 de Octubre de 2009 | Agustín Alcalá
La gente que trabaja en Wall Street lo hace por la misma razón que los ladrones asaltan un banco: es donde está el dinero.
Una máxima que a nadie se le puede olvidar en estos momentos en los que Barack Obama ha decidido finalmente ejercer de consejero delegado con máximos poderes y cortar los sueldos de sus empleados.
No, no de esos que trabajan en la Casa Blanca o en el gobierno federal, sino de los ejecutivos de algunas de las empresas que son propiedad casi mayoritaria del estado y que se creían especiales. Con derecho a aviones privados, sueldos multimillonarios, presupuestos ilimitados para decorar sus oficinas, a jugar de por vida en los mejores clubes de golf y a comer en los restaurantes más caros a costa de la Hacienda pública.
Hoy cuando se habla de los recortes de los sueldos en un 90% para estos ejecutivos hay que recordar que Citigroup, Bank of America, Chrysler o General Motors son propiedad de todos los norteamericanos y subsisten gracias a los cientos de millones de dólares que han recibido en los últimos años para librarse de los errores cometidos y de las apuestas que hicieron para enriquecerse y que les salieron mal.
Sólo AIG ha recibido 180.000 millones de dólares y a principios de este año sus ejecutivos recibieron 160 millones de dólares en compensaciones para evitar que se fueran a otras compañías porque el Gobierno aceptó que eran imprescindibles y su marcha hubiera hundido aún más a la mayor aseguradora del mundo.
La tijera de Obama afecta a 175 directivos de las siete empresas que más dinero han recibido del estado y deja libre a otros cientos más de otras firmas y bancos de Wall Street que también se pasaron por caja y que, con más suerte e inteligencia que los otros, devolvieron el dinero hace meses y ahora están planificando sus vacaciones de Navidad con las alforjas bien llenas de millones de los bonos que van a recibir.
Hay ya algunos que cuestionan esta medida porque dicen que lo único que producirá será la huída masiva de estos directivos a otras compañías en las que nadie les controle su sueldo. Y con ello las grandes afectadas serán las empresas que dejan, que tendrán grandes dificultades para fichar gente como ellos que reciban sueldos más austeros y que nunca serán capaces de devolver el dinero que los norteamericanos les prestaron.
El presidente ha demostrado que lee los periódicos y sabe que los estadounidenses están enfadados. Y que la carrera presidencial comienza el próximo otoño cuando los norteamericanos se pasen por las urnas en noviembre del 2010 para renovar el Congreso y el Senado.
Porque los republicanos, que son los que permitieron con sus medidas para liberalizar Wall Street que se cometieran estos pecados, sabrán utilizar el enfado general de los votantes por los sueldos que reciben los ejecutivos de bancos y firmas financieras para recuperar el control del Congreso y arruinar la agenda política de Obama en el tiempo que le queda en el Despacho Oval.
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Agustín Alcalá
En 1982 empecé a trabajar como periodista ante las Naciones Unidas. No escribí una línea durante años porque terminé organizando ruedas de prensa, viajes de ministros y chupándome muchas reuniones de comités aburridos en la ONU. En 1992 fiché, cual futbolista orgulloso y de fácil regate, por Onda Cero. Las pasé muy mal el 11 de septiembre del 2001 en las calles cercanas a las Torres Gemelas y me dieron un premio Antena de Oro que no tengo puesto en el cuarto de baño. Cuando no estoy ante el ordenador me dedico a entrenar a mi hija pequeña en el fútbol-soccer.
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