14 de Mayo de 2009 | Agustín Alcalá
Robert Gates no tiene el número personal del teléfono Blackberry de Barack Obama ni se pasa el día mandándele correos electrónicos porque sabe que en este momento es el ministro que, cuando tiene necesidad de hablar con su jefe, tiene acceso garantizado, inmediato y directo al presidente de Estados Unidos. A todas horas.
Roberto Puertas se ha convertido en un superministro, consejero y asesor que se ha ganado la confianza plena de Obama y sin necesidad de ser amigo personal de él y sin salir en la foto.
Este veterano espía, funcionario y experto de la política internacional y de seguridad de Estados Unidos que ha servido a todos los presidentes norteamericanos desde Ronald Reagan está cumpliendo a la perfección el papel de bombero que le ha adjudicado el presidente. Para apagar los fuegos en Afganistán, en Irak, en el Congreso, ante los grupos de presión como los gays, la industria de las armas o ante los "estrellados" que caminan por el Pentágono presumiendo del peso de las estrellas de general que llevan en la solapa.
Como el único superviviente del gobierno de George Bush en la actual Administración creó sospechas iniciales entre los hombres y mujeres que llegaron desde Chicago en enero pasado a la Casa Blanca. Muchos no confiaban en su imagen seria, en sus medias palabras, en su decisión de estar siempre en segundo plano y en que nunca sonríe.
Su compromiso a permanecer durante un año en el departamento de Defensa parecía a algunos una eternidad y a otros una prueba de que su único interés era ser un "topo" republicano dentro del gobierno demócrata.
Y, sin embargo, si ahora Robert Gates (Roberto Puertas) dice que se marcha la Administración Obama entrará en crisis. Porque se ha convertido en imprescindible, en el consejero en asuntos militares y de seguridad más importante e influyente ante el presidente y con más peso que el parlanchín de Joe Biden o la sibilina de Hillary Clinton.
En el último mes ha anunciado un cambio en los presupuestos del Pentágono para adecuarlos a las necesidades financieras de la nación suprimiendo los tradicionales y carísimos superbombarderos, los carros de combate inmensos o los grandes portaaviones. El nuevo objetivo es destinar el dinero a las nuevas tecnologías para luchar contra los enemigos sobre el terreno en Afganistán e Irak o en cualquier lugar del mundo con más personal de inteligencia, de contraterrorismo y de Fuerzas Especiales que combaten detrás de las líneas enemigas.
Gates ha convencido a Obama que en este momento es más difícil pelear contra los insurgentes en Pakistán o Afganistán y contra Al Qaeda que contra China o Rusia, el país en el que es especialista desde sus años de funcionario de la CIA.
Él ha sido el responsable del relevo esta semana del comandante en jefe en Afganistán, de la decisión de revelar los documentos sobre los métodos utilizados por la CIA para interrogar a los prisioneros de la guerra contra el terrorismo y hoy se le apunta como el hombre que ha convencido al presidente para que no permita que se conozcan más fotografías de los abusos cometidos por los soldados estadounidenses a los prisioneros en Kabul o en Bagdad
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Agustín Alcalá
En 1982 empecé a trabajar como periodista ante las Naciones Unidas. No escribí una línea durante años porque terminé organizando ruedas de prensa, viajes de ministros y chupándome muchas reuniones de comités aburridos en la ONU. En 1992 fiché, cual futbolista orgulloso y de fácil regate, por Onda Cero. Las pasé muy mal el 11 de septiembre del 2001 en las calles cercanas a las Torres Gemelas y me dieron un premio Antena de Oro que no tengo puesto en el cuarto de baño. Cuando no estoy ante el ordenador me dedico a entrenar a mi hija pequeña en el fútbol-soccer.
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