06 de Mayo de 2009 | Agustín Alcalá
La Administración norteamericana está obligada a desactivar cuanto antes una bomba de relojería en Pakistán que amenaza en convertirse en el Vietnam de Barack Obama. Este país que no olvida los efectos que tuvo la derrota en las selvas asiáticas, que marcó para siempre la vida de una generación entera de norteamericanos, vuelve a ver en Pakistán muchos parecidos con la fracasada política estadounidense a finales de los años sesenta en Vietnam que desembocó en la derrota de 1975.
Richard Nixon, en 1969, decidió apoyar al gobierno survietnamita con dinero y, en contra de los consejos de sus generales, con limitado número de efectivos cuando era ya claro que el Vietcong era un fenomenal adversario que se alimentaba del antiamericanismo y de la oposición a las autoridades de Saigón.
En Washington se dice ya abiertamente que Pakistán es un "estado fracasado" que es incapaz de proteger sus fronteras, responder a las necesidades económicas de su población y defender su arsenal nuclear que incluye entre 60 a 100 bombas de mediano tamaño.
Los talibán que la pasada semana tomaron control de Buner, una provincia situada a sólo 100 kilómetros de Islamab, han sabido aprovechar el repudio que genera todo lo americano en muchos lugares de Pakistán, entre los ultranacionalistas y los fundamentalistas religiosos, para imponer en muchas regiones de ese país su dictadura coránica: antimujeres, anticristiana, antioccidental y feudal.
A diferencia de lo que sucede en Afganistán, donde el Pentágono tiene ya unos 35.000 hombres y dentro de pocos meses llegarán otros 20.000 adicionales, Estados Unidos no tiene tropas sobre el terreno en Pakistán y el gobierno de Asif Ali Zardari no le autoriza que sus fuerzas especiales actúen en contra de la insurgencia dentro de sus fronteras.
Lo que Obama puede hacer es sólo presionar a Zardari para que convenza al Ejército pakistaní y a sus todopoderosos servicios secretos a romper sus tradicionales lazos de hermandad e intereses con los talibán, forjados durante la guerra de Afganistán de los años ochenta contra la URSS, y a que destine más efectivos a su lucha. Algo que tradicionalmente no han hecho bajo ningún mandato, ya sea civil o militar en Pakistán, porque los generales de esta nación crecen, mandan y mueren pensando en que su contribución a la seguridad y a la existencia de su país se basa en su defensa a ultranza, con la ayuda de unos 250.000 soldados, frente a su mortal enemigo: India.
El peligro de que, ante la debilidad de Zardari, el desinterés de sus generales a enfrentarse a los talibán, mezclado con el antiamericanismo creciente de su población y las trabas en el Congreso en Washington para aumentar la ayuda económica y militar directa a Islamabad provoquen una vietnamización de Pakistán es muy real. Y Obama, Hillary Clinton, su secretaria de Estado, y sus consejeros, que nacieron en política gracias a su oposición a esa guerra y a todas las siguientes, deberán evitar cuanto antes que Estados Unidos pueda caer en un nuevo Vietnam.
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Agustín Alcalá
En 1982 empecé a trabajar como periodista ante las Naciones Unidas. No escribí una línea durante años porque terminé organizando ruedas de prensa, viajes de ministros y chupándome muchas reuniones de comités aburridos en la ONU. En 1992 fiché, cual futbolista orgulloso y de fácil regate, por Onda Cero. Las pasé muy mal el 11 de septiembre del 2001 en las calles cercanas a las Torres Gemelas y me dieron un premio Antena de Oro que no tengo puesto en el cuarto de baño. Cuando no estoy ante el ordenador me dedico a entrenar a mi hija pequeña en el fútbol-soccer.
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