02 de Abril de 2009 | Agustín Alcalá
Barack Obama ha dejado claro en esta cumbre del G20 con su declaración de que la voraz economía estadounidense no puede sola ser el motor del crecimiento global que se necesita un nuevo orden económico internacional.
Porque este país quiere y necesita socios para salir del agujero financiero, de cuenta, de deudas y de imagen en la que se encuentra. Y también el sistema capitalista anglosajón de ganar dinero a toda costa y lo antes posible que forma parte del sueño norteamericano. Convertido para muchos ahora en una pesadilla.
Su mensaje es al tiempo una admisión de una realidad dolorosa en casa y también un reto para el resto del mundo. Una nación con su deuda que supera ya los 11 billones de dólares, con su déficit público de un billón anual, sus 11 millones de personas que no tienen trabajo o ya no se apuntan al paro desesperados porque no lo encuentran y con las principales firmas de la Bolsa neoyorquina y bancos del país, junto con la mítica industria del automóvil, salvados por la campaña del dinero de los contribuyentes tiene poco de que presumir. Y ni mucho menos de ser un imperio.
Por lo que necesita ayuda de Europa, de China, de Japón, de Rusia y de las naciones emergentes para que se rasquen en el bolsillo y dejen aparcada la responsabilidad financiera para tiempos mejores y todas ellas se comprometan a gastarse ahora el dinero necesario para estimular sus economías. Porque esta crisis es seria y real y costará docenas de millones de puestos de trabajo en todo el mundo.
"Todos los días me levanto pensando en la gente que pierde su puesto de trabajo en Detroit o en Kansas o en California. Esa es la mayor preocupación que tengo porque no saben cómo alimentarán a sus familias y traer comida a sus casas", dice Obama.
Que quiere que el comunicado final de la cumbre de hoy del G-20 vaya más allá de una declaración de intenciones que se quede en papel mojado dentro de unos meses.
Esta muy bien la regulación de los hedge funds especulativos y de los fondos de capital que miran en muchas ocasiones por el engordamiento de la cuenta de sus managers más que por el interés de sus inversores o el crear nuevos y más rigurosos estándares para los bancos. O terminar con los paraisos fiscales, establecer una figura de un superpolicía mundial que controle los mercados de valores o dar más dinero a las arcas marchitas del Fondo Monetario Internacional.
Pero mejor sería un acuerdo global para generar empleo, evitar el proteccionismo, bajar los impuestos y rascarse los bolsillos de los bancos centrales nacionales para invertir en mejorar la vida de los ciudadanos.
Porque la gente desesperada, sin trabajo, sin ilusiones y futuro son las mejores audiencias de los parlanchines y el radicalismo.
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Agustín Alcalá
En 1982 empecé a trabajar como periodista ante las Naciones Unidas. No escribí una línea durante años porque terminé organizando ruedas de prensa, viajes de ministros y chupándome muchas reuniones de comités aburridos en la ONU. En 1992 fiché, cual futbolista orgulloso y de fácil regate, por Onda Cero. Las pasé muy mal el 11 de septiembre del 2001 en las calles cercanas a las Torres Gemelas y me dieron un premio Antena de Oro que no tengo puesto en el cuarto de baño. Cuando no estoy ante el ordenador me dedico a entrenar a mi hija pequeña en el fútbol-soccer.
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