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Martes, 14 de febrero de 2012. Actualizado a las 01:49h | : el tiempo en

19 de Diciembre de 2009 | ADN.es

La vergüenza nacional

Cincuenta millones de personas que no tienen seguro médico, enfermos de cáncer que no pueden someterse a las rondas de quimioterapia porque sus médicos ya no les dan al fiado, trabajadores que tiritan cuando se quedan en el paro porque el despido supone el fin de su cobertura médica y de su familia y una industria sanitaria que supera anualmente sus récords de beneficios y paga muy bien a sus amigos en el Congreso.

La sanidad es un derecho fundamental y humano y, sin embargo, esta nación que quiere ser el modelo en el mundo y que reclama tantas libertades para el resto no se la concede a sus propios ciudadanos.

Es una vergüenza nacional que Estados Unidos sea incapaz de garantizar una sanidad barata, buena, moderna y democrática para todos y Barack Obama se arriesga a perder una de sus mayores apuestas presidenciales porque los intereses partidistas y personales de un grupo de senadores se imponen y estos reyezuelos sin corona han decidido boicotear cualquier cambio en la forma en la que los estadounidenses pagan por los servicios médicos que reciben y en la manera en la que el estado se los ofrece a sus ciudadanos enfermos.

La reforma sanitaria que se debate en el Senado ha mostrado la peor cara de la política norteamericana y explica porque ocho de cada 10 ciudadanos opinan que los políticos de Washington no merecen un centavo de los sueldos que ganan.

La mala educación, la ira, el chantaje, el rencor, el insulto, el cobro de favores, el deseo incontrolable de figurar y el dogma de que el enemigo nunca debe ganar han reducido a la nada las propuestas para garantizar que los estadounidenses tienen una sanidad más barata, asequible para todos, que dure cuando se pierde el puesto de trabajo o se necesita para tratar una enfermedad de larga duración.

Y ha convertido en reyezuelos sin corazón a políticos como Ben Nelson, un demócrata que no quiere saber nada de esta legislación si aparece la palabra aborto en ella, o Joe Lieberman, el que fuera candidato demócrata a la vicepresidencia de Estados Unidos en el año 2000 y que ahora es el Judas de la política nacional.

Lieberman vende su voto para apoyar a sus antiguos compañeros de partido pero a un precio tan caro que ha logrado empequeñecer tanto los cambios y suprimir tantas cosas que los más liberales aseguran que el actual texto que se debate no debe ser aprobado porque ha sido manipulado, secuestrado, impuesto y desnudado de sus requisitos imprescindibles por la industria de los seguros, la de los hospitales, las escuelas de médicos y aquellos que no han querido desde el principio la reforma.

De la que se ha suprimido la opción pública, que permitía a los que no tienen cobertura a través de sus empresas acceder a seguros más baratos subvencionados por el estado y que iba a dar protección sanitaria a unos 35 millones de los 50 que ahora no están asegurados. Y garantizar que nadie puede ser negado tratamiento por llegar a un seguro con enfermedades anteriores o imponer pólizas abusivas que no se pueden pagar.

¡Qué vergüenza!

 

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