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07 de Junio de 2009 | ADN.es

Por el amor al arte y a Fidel

La historia de Walter Kendall Myers y Gwendolyn Trebilcock es una de amor al arte y a la Cuba de Fidel Castro y la revolución.

Al arte porque durante sus 30 años como espías a favor del régimen comunista hablaban con sus contactos en clave utilizando palabras como esculturas, cuadros, museos o galerías donde podían depositar la información confidencial que habían obtenido trabajando en el departamento de Estado.

Y a Fidel porque nunca recibieron dinero a cambio y lo hicieron porque estaban enamorados del comandante, su ideología y su conciencia antiimperialista.

Hoy están en una cárcel de Washington acusados de espionaje y es posible que ya nunca salgan a la calle. Ella tiene 71 años y su marido 72 años y proviene de una familia con mucha historia en Estados Unidos porque su madre fue la nieta de Alexander Graham Bell, el creador del teléfono.

Su cuna no le sirvió para respetar la leyenda de sus antepasados sino que le invitó a surcar las aguas del espionaje a favor de Cuba desde finales de los setenta cuando comenzó a pasar información a la isla y a entregar documentos secretos sobre lo que pensaba Washington del régimen y las acciones que planeaba contra el castrismo.

"El ver la televisión me asquea", escribió en 1978 en su diario ante las noticias de la crisis del petróleo, la falta de cobertura sanitaria para millones de norteamericanos, que dura hasta este día, y la "felicidad de los pobres con su vida".

Ese año, este graduado en historia europea por la universidad de Johns Hopkins visitó Cuba en una misión científica y fue captado por el régimen cubano que le invitó a espiar para Fidel.

Myers trabajó durante 20 años en el departamento de Estado en su sección europea y desde 1988 al 2007, cuando se jubiló, en la Oficina de Inteligencia e Investigación con acceso del más alto nivel a los documentos sobre la política norteamericana hacia la isla. Y también además a todos los informes de otros servicios secretos, incluido seguramente el español, que llegaban a Washington para ser compartidos con el espionaje estadounidense.

El espía no copió disco alguno y raramente sacó documentos de su casa que no devolvió en 24 horas. Todo lo que entregó a La Habana lo hizo memorizándolo y apuntando detalles en papeles que no pudieran levantar sospechas. Durante un tiempo él y su mujer se comunicaron con sus controladores por radio de onda corta y también pasando información en carritos que cambiaban con los cubanos en los supermercados de la capital y sus alrededores.

En 1995 la pareja viajó incluso a La Habana, con nombres falsos, y recibió el reconocimiento de sus anfitriones de una forma maravillosa para ellos. El mismo Castro habló con ambos y les puso varias medallas de reconocimiento por su arriesgado trabajo. "Fidel es maravilloso", dijo hace unos meses Walter Kendall a un agente del FBI que se hizo pasar por un espía cubano una vez que el departamento de Estado supo que tenía un topo infiltrado de La Habana.

Su arresto les pilló por sorpresa y no pudieron cumplir su última misión: la de escapar en su yate "rumbo a casa". A Cuba.

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