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ADN.es / Opinión

Domingo, 12 de febrero de 2012. Actualizado a las 10:09h | : el tiempo en

21 de Enero de 2009 | Ángela Becerra

Elogio a la curiosidad

La curiosidad es la linterna del cerebro. De repente, una imagen, hecho o expresión que para muchos desaparece al instante, a otros les conmueve y agita la inquietud. No pueden ignorarlo: necesitan saber más. Y al igual que las papilas gustativas segregan saliva ante ciertas comidas, nuestro cerebro segrega saliva ante ciertas visiones: necesita alimentarse de ellas, quiere devorarlas. Cuando el cerebro tiene hambre de nuevos alimentos, la saliva que desprende se llama curiosidad.

A nuestro cuerpo es prudente mantenerlo dentro de alguna dieta: a nuestro cerebro, jamás. La capacidad de engordar de nuestras neuronas es ilimitada. Al final, efímero forro corpóreo aparte, cada uno es la suma de sus conocimientos y la multiplicación de sus razonamientos.

Por eso es tan importante ensalzar y potenciar la curiosidad, y en especial la de los niños. Ellos van avanzando en su iluminada oscuridad, enfocando con su diminuta linterna aquello que les provoca. Son los primeros intereses de su cerebro, de su ser. Por eso, cuando los mayores apagan o reconducen sus linternas, están apagando o desviando su luz genuina, la que su cerebro reclama. Ellos tienen hambre y los mayores les limitan hasta la saliva.

En la curiosidad infantil muchas veces está germinando la semilla de un gran árbol. Una vez adultos, lo peor de la anorexia cerebral es que, a diferencia de la física, a simple vista es invisible.

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