01 de Marzo de 2010 | Albert Montagut
El terremoto de Chile, de 8,8 grados en la escala de Richter, ha sido uno de los más potentes de la historia. Hace varias semanas otro temblor, el de Haití, de 7 grados, mató a decenas de miles de personas. En Chile, a pesar de la tremenda potencia del seísmo, sólo unas 700 personas han perdido la vida. El pueblo chileno, afortunadamente, estaba preparado para lo peor y reaccionó inmediatamente. Las alertas de tsunami se hicieron notar en todo el Pacífico. Mientras las cifras oficiales de muertes comenzaban a cerrarse y las carreteras y calles a despejarse, las olas del Pacífico llegaban mansas a Hawai y Japón. Las diferencias entre el primer y el Tercer Mundo emergen aún más cuando se vive una de estas tragedias, evidenciando un desequilibrio cultural y económico vergonzoso. Chile ha aguantado, mientras Haití se hundió, no sólo por el temblor, sino por la injusticia de un mundo desequilibrado.
Albert Montagut
amontagut@adn.es
La carta del lector
Parece que la desgracia ha decidido cebarse con los más pobres. Primero fue Haití, y ese seísmo de consecuencias espantosas, y ahora le ha tocado el turno a Chile. La cifra de muertos es menor, pero no menos impactante. Esta nueva bofetada de la naturaleza no hace más que recordarnos lo que ya empezábamos a olvidar (o ignorar) de nuevo: somos unos privilegiados, pero hay quienes sufren duramente en sus carnes tal desbarajuste mundial.
Susana Ordinas
Sabadell (Barcelona)
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Albert Montagut
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