23 de Septiembre de 2009 | Albert Montagut
No acaban de entenderse las intenciones del presidente de Brasil, Lula da Silva, al ayudar a Manuel Zelaya, el presidente de Honduras depuesto por un golpe de Estado el pasado mes de junio, a entrar clandestinamente en el país. La acción de Lula complica aún más el difícil puzzle hondureño e incrementa la incertidumbre en la zona. El presidente golpista, Roberto Micheletti, ordenó el toque de queda y las próximas horas serán decisivas. La solución al problema de Honduras pasaría por el regreso al poder de Zelaya, su convocatoria inmediata de elecciones y su dimisión, pero no parece que eso vaya a suceder. El chavismo, la nueva filosofía política que impulsan Venezuela y Cuba, parece haberse cobrado su primera víctima: Honduras. Ni la ONU, ni Obama, ni mucho menos España pueden interceder en este fuego político al que Lula, inexplicablemente, ha vertido gasolina.
Albert Montagut
(amontagut@adn.es)
Empiezo a dudar de que Zelaya sea de fiar. Sus acciones, revulsivas y poco diplomáticas, le están haciendo quedar como un agitador político y no como el mesías que algunos creen que es. Desde la embajada de Brasil en Tegucigalpa anima a las masas a que le ayuden a retomar el poder. Pero no habla de la inseguridad ciudadana que provoca. No sé si quiso manipular la Constitución y perpetuarse en el poder, pero viéndole actuar, es difícil poner la mano en el fuego.
Jon García
Bilbao
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