12 de Septiembre de 2007 | Antonio Campos

ADN.es
Yo no había reparado en ello, pero nuestra amiga Verena, recién llegada de Viena, nos abrió los ojos de golpe. ¿Es que sólo hay un estudio de arquitectos en Madrid? Y es verdad, por ahí se esconde un tío que se ha forrado: el que patentó las casas de ladrillo visto, cuatro alturas rematadas en ático y, algunas veces, piscina rodeada de baldosas. El quiero y no puedo.
Así es Madrid, una ciudad con sabor (con menos, cada día) que agoniza asfixiada por la camisa de fuerza de una periferia anodina, inhóspita e insaciable, devoradora de páramos y espacios naturales. Da igual un barrio que otro, un pau que otro, un pueblo que otro. La ciudad engulle lo que pilla y se desparrama dejándonos sus feas casitas de Monopoli, encerradas en sí mismas, como nosotros.
El otro día lo dejábamos caer. El urbanismo condiciona nuestro modelo de vida. Todo está cada vez más lejos y dependemos del coche como nunca, pese a contar con una red de transporte envidiable. En estos muermos de barrio no queda sitio para el comercio tradicional, si te quedas sin tabaco es un drama, si quieres comprar el pan y el periódico, a la gasolinera, y para el ocio, los centros comerciales, donde vamos en coche y damos vueltas y vueltas en sus aparcamientos.
Felipe ahorró durante años de noviazgo para dar la entrada de su piso en el pau de Vallecas. Ya tiene casa, y se casa, y vive como uno de los colonos de la conquista del Oeste. Las amplias avenidas, sin semáforos aún, se han convertido en pistas de carreras para gilipollas émulos de Alonso. El barrio está poblado sólo por los más aventureros y los fantasmas de los vecinos que no se han asentado. Perderá sus mejores años (¿diez, quince... ?) en 100 metros útiles del desasosegante pau abandonado. Eso sí, hombre, ya tiene Ikea.
La ciudad es otra cosa. Crece en vertical, es más ecológica porque se reducen los costes de los servicios. Las urbes que crecen a lo alto reducen los costes del transporte, de la energía. Queremos un Madrid con gente por la calle, disfrutando de las instalaciones públicas, con comercio tradicional y diferente, donde los edificios no parezcan clones aburridos. Que Madrid sea tan Madrid de Malasaña a Montecarmelo. Donde uno pueda indicar dónde reside explicando cómo es su edificio. Donde cualquiera se levante por la mañana y no se pregunte dónde coño vivo.
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