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28 de Julio de 2008 | José Angel Mañas | A. Domínguez Leiva

Octava semana: ¿El cadáver?

Nuestro narrador Javier Manías, en el pasillo del Tren del Crimen, escribe sobre sí mismo sin saber que aquello que elucubra su calenturienta imaginación está a punto de ocurrir en la realidad…   

      “Una vez fuera, en el largo y entenebrado pasillo solitario, sintiendo el frío impregnar su miembro todavía húmedo y conteniendo la respiración a la espera del enfrentamiento inevitable, el escritor al que todos conocían como Javier Manías tanteó su camisa, sintiendo una repentina euforia al entrar en contacto con su inseparable y simbólica estilográfica Mont Blanc.

      Aquel tacto familiar le recordaba sus apacibles madrugadas de escritura, tan lejanas de un presente amenazado por el ataque inminente del Gangster literario denominado, ay, Paquito…

     De repente vio la situación con una terrible claridad: él, solo, apenas vestido, en medio del estrecho pasillo de un tren encaminado hacia ninguna parte, en mitad de la noche oscura cual boca de lobo, aferrándose al pasamanos con una extremidad, con la otra a una estilográfica que representaba frente a la tosquedad mecánica e industrial de la pistola del Gangster todo el poder y la elegancia del Estilo…

      Podía optar por entrar en el compartimento de su Maestro, pero su parcial desnudez le avergonzaba y a la par le recordaba que esta vez, como todas las veces, indefinidamente repetidas en todas las épocas, había de enfrentarse él solo contra la nueva forma de Barbarie que representaba su antagonista.

      Este no tardó en personarse en el lugar del duelo, presto a desenfundar la pistola que se adivinaba tras los pliegues de la calavera de su camiseta, acción que no llegó a acometer debido a la soberana prestancia con la que la estilográfica Mont Blanc, sedienta de la tan dilatada venganza, se abatió sobre su cráneo, perforando el ojo izquierdo, órgano sensible de la representación visual objetivista y cinematográfica que tanto había empobrecido el arte.

      El Gangster, cayendo e intentando cubrir su cuenca vacía, que diluviaba tinta roja, observaba aterrorizado con el ojo restante la todopoderosa estilográfica que se alzaba de nuevo en justa cruzada.

      Emitió al fin un grito que restó inarticulado, representando el papel preverbal de todos sus personajes. Una y otra vez la estilográfica se abatió, agujereando la mollera que ahora se vaciaba físicamente de toda aquella porquería producida.

- ¡Toma realidad! ¡Toma Hammet! ¡Tienes lo que querías! ¡La realidad es la muerte del Escritor! ¡Perece, pues, por ella! -no pudo evitar exclamar, haciendo una concesión momentánea al dudoso arte del diálogo, tan sobre-empleado por su aborrecida víctima; enfebrecido por la visión de la sangre que le salpicaba e investía de poder sacerdotal, sus ojos se nublaron y perdió la noción de realidad…” 

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