21 de Julio de 2008 | José Angel Mañas | A. Domínguez Leiva
El Tren del Crimen sigue avanzando. Javier Manías, nuestro singular narrador, ha entrado en un nuevo compartimento donde se hallan el Maestro y su mujer, Lorna, junto con un tal Toni Romero y su amigo Alex. ¿Será uno de ellos 21? ¿Morirá alguno de los cuatro?¿Morirán todos?
Mi entrada en el compartimento vecino no provoca el interés esperado.
El Maestro hace una a mi entender excesivamente breve introducción a los dos jovenzuelos y continúa discutiendo animadamente.
Solo queda un asiento libre: el que lo separa de su Musa, la hermosa Lorna, quien reposa, eternamente cansada, contra la ventanilla, al fondo, vibrando al son del traqueteo más que perceptible del tren.
Me aposento, cruzándome de piernas y sintiendo que me embriaga su siempre acertado perfume, el cual no me es, desde luego, desconocido.
El jovenzuelo que había ocupado el asiento justo enfrente del Maestro va disfrazado con un patético atuendo de detective.
No falta ni la gabardina cruzada ni el sombrero de fieltro, y al verme hace un leve gesto de reconocimiento pues ya nos habían presentado en el andén de París.
Se llama Toni Moreno, creo haberlo dicho.
Es tal y como en la foto del periódico, menos efebo quizás y más entrado en carnes debajo de su camiseta apretada.
Lleva el cráneo totalmente afeitado, como tantos jóvenes hoy, ambigua estética entre higiénica y carcelaria.
Sus ojos verduzcos, casi marrones, asoman bajo la frente prematuramente arrugada; sus labios finos, entre salientes pómulos y barbilla hundida, denotan agria sensualidad y juventud evanescente.
Su discurso se parece sospechosamente al exordio del vaquero Paquito: distingue erróneamente entre una novela vital y comunicativa, una visión dinámica y desmitificadora de la cultura, legítima por todo ello, y otras novelas que según dice no le interesan lo más mínimo.
A saber: cortocircuitos estilísticos (esto iba plausiblemente destinado a mi intención), introspecciones narcisistas de todo corte acometidas por ex-poetas oportunistas con afán de protagonismo social, novelas aburridas, sensibilidades despuntadas y visiones de mundo poco elaboradas e incoherentes.
También critica la dictadura de la crítica periodística inculta (y en esto el Maestro y yo nos miramos, divertidos, sopesando la ingenuidad del joven aspirante) y la provinciana fascinación y seguimiento incondicional de todo tipo de modas culturales.
Cita los casos de Kundera y Auster, y luego arremete contra la inaceptable mediocracia mediática en sus dos sentidos (su pequeño juego lingüístico-conceptual me arranca una sonrisa a mi pesar).
Mi Maestro, pese a la falta de ilación de este breve manifiesto, sonríe plácido.
Sigue engordando irremisiblemente. Los pliegues de su cara han ido desdibujando sus rasgos enmarcados por dos elefantinas orejas y un nuevo y algo menos grisáceo peluquín.
Su eterno bastón de mando, reposando entre anacarados zapatos, y su impecable traje de tono cálido a juego obedecen a su siempre presente elegancia.
El patético discurso del aspirante me devuelve a la urgencia de mi próxima Obra.
El tema escogido es absolutamente adecuado al presente entorno sociológico.
Será un nuevo éxito de ventas que me permita tal vez terminar de pagar el crédito de mi cuarto chalet.
El final se perfila con la evidencia de un destello de revólver (elijo esta metáfora para ponerme a juego con el contexto), la tragedia toma forma: el antagonista de mi yo narrativo debe perecer de una manera simbólica.
Sí, ya lo veo, ejecutado con una estilográfica, preferiblemente una Mont Blanc como la mía, que transferiré adecuadamente al mundo de la ficción…
Mis lectoras me identificarán con ese amante sentimental, y me preguntarán si realmente se trata de mí.
Mantendré, como de costumbre, mi legendaria ambigüedad.
Me acomodo en la silla, sumido en los pensamientos que el agradable vaivén del ferrocarril estimula, y cierro por un momento los ojos.
Puedo sentir cercano el calor del cuerpo de la Musa inextinguible, Lorna.
Su rubia cabellera, recogida en el moño, se posa contra la ventanilla por donde sigue desfilando el paisaje de la campiña crepuscular. Yo sé que su rosácea blusa de seda esconde a penas unos encorsetados encantos que siguen fielmente el pulso de la respiración; su falda deja entrever una media blanca y la bufanda de visón que tantas veces vistiera en mis fantasías reposa sobre sus rodillas.
Me acuerdo de sus jadeos sobre mi hombro, sus caricias expertas, sus solícitos labios mientras hacíamos lánguidamente el amor en aquella habitación de hotel de Venecia. Los canales deslizándose a través de nuestra erótica estancia…
Tras un solitario café cortado, procurando evitar a los matones literarios que acechan en cada rincón de este tren, de vuelta en mi triste compartimento advierto que los otros han bajado las literas.
Yo sigo escribiendo notas con mi Mont Blanc.
Ellos, durmiendo y desperdiciando el siempre precioso tiempo cual animales sin talento, nunca osarían imaginar todas aquellas escenas que combina en estos momentos de oscuridad ferroviaria mi enfebrecida pluma.
La litera me oprime con su incómoda arquitectura debido a mi talla, que aun no siendo excepcional como la de Wilde, es lo suficiente para sentirse torturada por tan funcional disposición.
Los ronquidos etílicos, con vahídos a cerveza, del joven y melenudo "Paquito" me sacan de quicio y me cuesta escribir.
Ella, la dicha Jacinta, está separada de mí por un escaso metro, ambos ocupamos las dos literas inferiores. Creo discernir en la bruma su pecho, agitándose por un fingido sueño, y me llegan sus suspiros entrecortados y sensuales que suenan como una llamada.
Si es así, ello significaría que bajo su máscara de rechazo intelectual lo que estaba apelando hace un rato era a mis sentidos, buscando al animal que habita en mí, hoy insomne…
La vulgar camisa a cuadros yace entre nosotros, junto a sus botas; no sé si por descuido, como creando un puente físico entre nuestros cuerpos.
El pantalón, relegado a un lado, evoca su ausencia debajo de las sábanas, excitando mi imaginación en torno al posible color y textura de sus braguitas.
Imagínome pequeños regueros de vello serpenteando a una orilla y otra...
Intuyo que me está observando, aunque no puedo discernir sin gafas; he de cerciorarme, si no quiero caer en el ridículo.
Decido hacerle una simbólica seña y esperar su respuesta.
Si no reacciona, alargaré la mano y empezaré a acariciar sus senos, como una abandonada lectora estará entonces bajo mi hechizo personal, esperando anhelante mi prominente prepucio, ya preparado…
Como no ha reaccionado negativamente me acerco todo lo discretamente que me permite, con su exigua altura, la litera (no me gustaría que el hirsuto durmiente sobre nosotros percibiera mi movimiento).
Lo primero que ocupa mi atención, nada más desabrochar la camisa, son sus glaucas esferas que me apresuré a cubrir con mis delicadas manos.
Tras unos segundos de espera durante los cuales siento su respiración acelerada, comprendo que efectivamente, aunque no hubiera abierto los ojos, ya fuera por timidez o bien por dictárselo así su fantasía, me acepta y se abre a mí.
No tardo en tomar posesión de mi nueva lectora, tras haberme deshecho de las blancas sábanas acartonadas de Renfe, levantado su camiseta y comprobado así que, previsoramente, se ha deshecho del siempre ingrato y ridiculizante sujetador (prenda y palabra aborrecibles) y bajado las braguitas, que resultan ser de un blanco de supermercado.
Eso amenaza por un breve momento con desmontar mi erección, al punto renovada por la manchita que perla el algodón.
Tras introducir mi más dulce cilindro en la ya húmeda cavidad, puedo percibir por el entrecortado jadeo y las caricias que las manos dedican al aire que mi cabalgadura está llegando hasta el inevitable fin.
Siempre caballero, mantengo mi cabeza fría, pensando más en su placer que en el mío y negándome a besarla para no desarticular su fantasía realizada.
Y al fin salgo (me permito la licencia rítmica de empezar un párrafo con una conjunción copulativa), tras mi predecible triunfo, y, antes de ponerme el pantalón, me limpio con uno de los pañuelos perfumados que siempre llevo conmigo.
En ese momento compruebo, con estupor y con un atisbo de incipiente horror, que la testa melenuda desde lo alto de su litera está vuelta hacia mí y, por el brillo enfermizo de los ojos, parece haber asistido a todo.
¡Paquito!
Un terror metafísico se apodera de todo mi cuerpo al pensar, no ya en la virtual pérdida de mis lectoras más románticas si esto se ventilase, sino en el peligro personal que puede suponer la violencia que late en aquella cabeza observante.
¿Acaso no abundan en las febriles novelas por ella paridas los cadáveres y las mutilaciones, horrendos castigos de inocentes escapadas sexuales sancionadas por un atroz juez sicótico e inmoralmente moral?
Para colmo parece haber leído en mis pensamientos el absurdo lema de su personaje (hacer el mal para conseguir el bien, repetía siempre que descuartizaba a una víctima), pues se incorpora sobre la litera, haciendo ademán de bajarse.
Salto indecorosamente de la litera, abandonando el compartimento, aunque no sin antes aferrarme al única arma que he conocido…
es un blog de ADN.es escrito por:
J.A. Mañas y A. Domínguez Leiva
21 es un polifacético delincuente con delirios de grandeza y con un don innato para el cizañeo, que sobrevive en una España finisecular marcada por la corrupción y el "chapuceo" generalizado.
José Ángel Mañas y Antonio Domínguez Leiva presentan una propuesta de renovación del género folletinesco, una fusión entre el arte pop y Valle inclán, a medio camino entre la novela negra, la picaresca y la parodia literaria.
Los dibujos son de Benjamín Escalonilla; el logo, de Ángel de la Calle.
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